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Full text of "Orlando Ribero 1901 Recuerdos De Paysandu"

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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 











ÍSfarbarti GToltege Híbraro 




FROM THE FUÑI) 


PRO FESSO KSHI P O F 
LATI N-AM FRICAN H1STORY AND 

ECONOMICS 


Established 1913 




Harvard University - Collection Development Department, Widener Library, HCL / Ribero, Orlando. Recuerdos de Paysandu :apuntes historíeos de la 
defensa de Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901 . 


















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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 









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defensa de Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901 . 


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ORI .ANDO gjBERO 


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Recuerdos 


de 


Paysandú 


APUNTES HISTÓRICOS 
DE LA DEFENSA DE PAYSANDÚ EN 1865 


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ANTONIO 


MONTEVIDEO 

BARREIRO Y RAMOS, EDITOR 

25, l>e mayo esquina cámaras 

190] 


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Paysandú en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


S A ? 4*a4~, 5~i 

HARVARD COLLEGE LIBRARY 

*)EC 24 1915 ' 

i ATlN-AMERtCAN 
PROFESSORSHIP FUND. 





IMPRENTA Y ENCUADERNACIÓN, DE DORNALECHE V REYES 

Calle IS de julio, ntims. 77 y 79 



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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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ACLARACIÓN 


La publicación de estas páginas tiene por ori- 
gen y explicación el contenido de las cartas 
que las precede. 

Señor don Orlando Ribero. 

Presente. 

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El Deber, que tengo la honra de redactar 
en compañía del doctor Vicente í’once de León, 
se enorgullecería publicando en sus columnas 
las hermosas y elocuentes páginas escritas por 
usted sobre el sitio y defensa de Paysandú. 

De aquel hecho glorioso para nuestra patria 
y nuestro partido, faltaba un relato escrito con 
cordura imparcial, sin términos rudos ni odios 
fratricidas. El manuscrito de usted, que figuró 
en el grupo de los héroes y presenció la ago- 
nía de los mártires, viene á salvar esa deficien- 


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6 ACLARACIÓN 

cía, y por eso me permito demandarle la auto- 
rización necesaria para publicarlo. 

Es un servicio que prestará usted á los his- 
toriadores del porvenir, á la juventud que sueña 
con el culto de nuestras glorias, y á este dia- 
rio, que nunca podrá agradecerle en todo lo 
que vale su hidalga fineza. 

Saluda á usted con profundo respeto y sin- 
cera estima, su atento y S. S. 

Carlos Roxlo. 

S e., Enero 10/1901, 


Señor Carlos Roxlo. 

Presente. 

Me he impuesto de la atenta carta que se 
ha servido dirigirme, demandando mi autoriza- 
ción para publicar en El Deber, diario que bri- 
llantemente usted redacta en compañía con el 
doctor Vicente Ponce de León, unos apuntes 
que escribí en Buenos Aires con el título « Re- 
cuerdos de Paysandú». 

Esas páginas, como lo dice en su preámbulo, 
fueron dictadas como lección de reglas de con- 
ducta ciudadana para mis hijos, sin ninguna 
pretensión, y menos la de darles publicidad, 
porque me son personales;— escritas sin co- 


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ACLARACION 


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rrelación y hasta con carencia de concordancias 
gramaticales, porque no sé escribir. En mi vida 
de trabajo ímprobo, no he tenido tiempo de ha- 
cer estudios preparatorios para trasladar con co- 
rrección a! papel el pensamiento escrito. 

Estas mismas razones, que las considero de- 
masiado admisibles, indujeron mi resistencia á 
consentir que esos apuntes fuesen publicados 
en El País, en los primeros días de su apari- 
ción. 

El manuscrito aludido no merece los térmi- 
nos elogiosos que usted tiene la fineza de darle. 
Son, sí, la verdad histórica de lo que yo pre- 
sencié dentro de los muros de Paysandú, en 
aquellos días de heroica resistencia, defendiendo 
el honor de la bandera de la patria. 

Su carta, á la que tengo el honor de contes- 
tar, me obliga á acceder á su galante pedido, 
esperando de las personas que lean la publi- 
cación de las referidas páginas, sean suficien- 
temente benévolas con el autor, para disculparle 
su falta de modestia al consentir que salgan á 
luz. 

Retribuye con el mayor reconocimiento el fino 
saludo, su atto. y S. S. 

Orlando Ribero. 

S/c., Enero 12 de 1Q0L 




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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 

APUNTES HISTÓRICOS 


Buenos Aires, Mayo 20 de ! SÓ3. 

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i l 

Después del transcurso de un tiempo que 
abarca más de veinte y ocho años, se me ha 
ocurrido consignar algunos breves apuntes de 
los episodios de la Defensa de Paysandú, en 
la cual fui actor. 

No es mi propósito el de que sean algún día 
publicados, porque su redacción será incorrecta 
á causa de mi falta de preparación para escri- 
bir algo cuya lectura pudiera interesar. Lo que 
consigne, no será más que la reminiscencia de 
una etapa de los primeros años de mi vida; 
donde el destino me llevó á ocupar un puesto 
en un hecho que la historia ha consignado ya 
como una de las glorias de mi patria. 

Cuando se pasan los diez lustros de la exis- 
tencia, la imaginación recorre aquellos sucesos 

m 

que han quedado más impresos en ella, con re- 
lación á las emociones lecibídas;— y por cierto 
que aquéllas fueron de las que no se olvidan 

A 

mientras se conserve la facultad del pensamiento. 


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10 ORLANDO RIBERO 

También estos recuerdos encierran cierta va- 
nidad del ciudadano que cree haber cumplido 
con sus deberes para con la patria, defendiendo 
los principios políticos á que estaba afiliado. 
El tiempo y los sucesos que se han desarro- 
llado después de aquel luctuoso hecho de gue- 
rra, han traído el convencimiento de la justi- 
cia de la causa que defendían, hasta de los mis- 
mos que en aquella época la combatían. 

Como estos apuntes se refieren en una gran 
parte á hechos personales, son dedicados pu- 
ramente para mis hijos, que aún son niños. 
Pienso que puedan servirles como lección en 
el cumplimiento de sus deberes para con su 
patria, — si fatalmente tienen algún día que con- 
tribuir con el contingente de su sangre á la de- 
fensa de su integridad, de su honor é institu- 
ciones. 


I 

Eran los primeros días del mes de Diciembre 
del año 1804. La dudad de Paysandú estaba 
convertida en plaza fuerte. Hacía más de un año 
que era continuamente amenazada con las apari- 
ciones del ejército revolucionario que comandaba 
el General don Venancio Flores, — con el que día 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 11 

á día manteníamos pequeñas escaramuzas, pero 
que, á excepción de una salida al puerto efec- 
tuada el 8 de Enero del mismo año, para prote- 
ger el desembarco de un pequeño contingente de 
infantería que mandó el Coronel don Juan Len- 
guas en dos lanchones desde el Salto, ningún 
otro hecho llegó á tener mayor importancia. 

El puerto estaba bloqueado por la Escuadra 
Brasilera, que se componía de cinco buques al 
mando del Almirante Tamandaré; pero esta es- 
cuadra sólo se concretaba á impedir que ia plaza 
pudiera recibir auxilios de guerra. Fuera de esto, 
no nos había sido mayormente hostil hasta esta 
fecha. 

Nuestro brillante jefe, e! General don Leandro 
Gómez, con ese espíritu incansable que lo distin- 
guía, mantenía con disciplina y entusiasmo ad- 
mirable, á las tropas que guarnecían la plaza. 

jamás hubo vigilancia de cuartel en los peque- 
ños cuerpos que la componían, por temor de que 
los soldados abandonasen sus filas. 

Había entre todos el convencimiento del inelu- 
dible deber que teníamos que cumplir. El com- 
pañerismo entre los jefes, oficiales y soldados era 
innato; -todos nos conocíamos; todos éramos 
amigos; --todos nos ofrecíamos, ya fuera para 
ayudarnos en actos de servicio, como para desem- 
peñar comisiones aunque fuesen de carácter 
arriesgado. 


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J 


12 ORLANDO RIBERO 

Estaba sentado como principio, que cual- 
quiera comisión, por peligrosa que fuese, era 
desempeñada voluntariamente por la Guardia 
Nacional, brazo fuerte y consciente de aquella 
memorable defensa. 

El General Gómez llamaba ai jefe ú oficial que 
él creía más apto para desempeñarla. Este, des- 
pués de recibir las órdenes del caso, se dirigía 
casi siempre al cuartel de la Guardia Nacional, 
pedía la formación de la compañía que estaba de 
cuartel y, dirigiéndose á ella, les decía:— «Nece- 
sito tantos hombres para una comisión arries- 
gada; los que quieran acompañarme, avancen 
cuatro pasos al frente.» No hubo ejemplo de que 
hubiese que elegirlos, porque la compañía que se 
encontraba en formación, toda avanzaba. 

Tal era el espíritu de bravura y pundonor que 
el General Gómez había sabido imprimir en el es- 
píritu de los soldados que coman daba. — Con sus 
proclamas, sus arengas, sus visitas á las guar- 
dias, los cuarteles, las avanzadas ; en fin, en todas 
partes y á todas horas donde estaban apostados 
sus soldados, los retemplaba. 

La línea de atrincheramientos de la plaza abar- 
caba una zona de seis cuadras de Este á Oeste 
y dos cuadras de Norte á Sud. Las trincheras 
eran construidas de ladrillo sentado en barro, 
con una zanja exterior en las bocacalles de tres 
metros de profundidad por otros tantos de ancho. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 13 


Las entradas principales ai radio fortificado 
eran los extremos de la calle 18 de Julio, cerra- 
das por un portón de fierro y un puente levadizo 
por medio de roldanas, cuyo puente se mante- 
nía echado sobre la zanja. 

Tres trincheras, en forma de semicírculo, es- 
taban situadas: una, en la calle 18 de Julio, 
extremo Oeste; otra, en la calle 8 de Octubre 
y Montevideo, esquina de la Jefatura de Po- 
licía, y la otra, en la misma calle 8 de Octubre y 
Monte Caseros, frente al Hospital, según el cro- 
quis anexo á estos apuntes. 

Las demás eran rectas. Como en la zona que 
abarcaba y cerraba el atrincheramiento había 
muchos cercos de pared, éstos habían sido as- 
pillerados, pero sin oponer más resistencia que 
el simple muro. 

Se había construido en el extremo Este-Sud 
de la plaza principal un torreón de ladrillo y cal, 
al que se subía por una explanada que lo bor- 
deaba por el costado Norte y Oeste, cuyo to- 
rreón estaba artillado con tres piezas antiguas de 
fierro, 2 de calibre 8 y una de ó. La bautizó el 
General Gómez con el nombre de «Baluarte de 
la Ley». 

En la parte baja de esta batería estaba la cua- 
dra de los artilleros, y debajo de la explanada 
se había situado uno de los polvorines que te- 
nía la plaza. 





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ORLANDO RIBERO 


La batería estaba bajo el comando del Te- 
niente Coronel don Juan M. Braga, y el jefe del 
polvorín era el Capitán don Ladislao Gadea. 

La guarnición de la plaza la componían entre 
todos novecientos y pico de hombres ( no re- 
cuerdo el número exacto, pero creo que no al- 
canzaban á novecientos cincuenta hombres ), y se 
descomponían más ó menos así: — Dos compa- 
ñías del l.o de Cazadores, mandadas por el Sar- 
gento Mayor don Belisario Estomba.— Una com- 
pañía del 2.° de Cazadores, que estaba al mando 
del Capitán don Adolfo Arela. — La Compañía 
Urbana de la plaza, mandada por el Jefe Político 
don Pedro Ribero.- La Guardia Nacional de in- 
fantería de la ciudad, que no alcanzaba á 200 
hombres, mandada por el Comandante don Fe- 
derico Aberastury; un pequeño destacamento 
de artillería volante, mandado por el Capitán 
don Federico Fernández; un escuadrón de Guar- 
dias Nacionales de caballería desmontada, man- 
dado por el Coronel don Emilio Raña; unos 
100 hombres Guardias Nacionales de caballería 
é infantería que pertenecían al Departamento de 
Tacuarembó, mandados por el Coronel don 
Tristán Azambuya, y un pequeño contingente 
también de Guardias Nacionales, que se incor- 
poraron á la plaza con el Comandante don Juan 
. M. Braga, Jefe Político de Mercedes. 

La artillería se componía de 3 piezas de bronce, 




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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 


la 


2 de calibre 4 y 1 de 9. Dos colizas de fierro 
de 6 con las que esfaba artillado el vapor - Villa 
del Salto», cuyo buque, al mando de Pedro Ri- 
bero, después de haber forzado e! bloqueo desde 
el puerto del Salto, el día 7 de Septiembre de 
ese año, contra toda la Escuadra Brasilera que 
estaba apostada en el Río Uruguay, fué que- 
mado en el puerto de Paysandú por orden del 
General Gómez, para que no fuese presa del ene- 
migo O). Dos carroñadas viejas de fierro cali- 


(1) Este lieclio ocurrió asi: Entre las medidas adoptadas por los 
Gobiernos Brasilero y Argentino para obstaculizar á la República y 
tomar cualquier causa como pretexto de hostilidades, antes de decla- 
rar bloqueadas las costas Orientales, pidieron eJ desarme del Villa 
del Salto», único barquito con que contaba el Gobierno Oriental. No 
habiendo sido atendida tal intimación y como la Escuadra Brasilera 
ocupaba el Río de la Plata, se mandó al * Villa del Salto » al puerto 
del Salto.— Entonces, sin más cansa, se declaró el bloqueo de las cos- 
tas orientales, pero sin cometer mayores hostilidades con actos de 
guerra. 

Para que el Brasil se declarase de un modo ostensible, el General 
Gómez ordenó al Comandante del « Villa del Salto», que lo era un Ca- 
pitán Erausquin, bajase el Uruguay hasta el puerto de Paysandú. 

El referido Comandante era un hombre anciano y timorato; la guar- 
nición del buque, que se componía de elementos heterogéneos, estaba 
desmoralizada y no acató la orden que había recibido. Salió de! puerto 
del Salto y se guareció en el de Concordia, temeroso de que ios bu- 
ques brasileros fueran á atacarlo en su apostadero. 

Esto sucedía á fines del mes de Agosto del año de zozobras para 
los orientales que defendían el honor de la patria. 

El entonces Capitán de la Guardia Nacional Pedro Ribero, concu- 
rrió en actos de servicio á la Comandancia Militar, y oyendo expre- 
sarse al General Gómez con todo el desagrado consiguiente porque 
el Comandante del * Villa del Salto» no cumplía la orden que se 
le había dado, aduciendo que lo iban á echar á pique y que no era 
posible contrarrestar el poder enemigo, éste le expuso: Señor Ge- 


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16 


ORLANDO RIBERO 


bre 8, que ei Coronel Masa mandó de Monte- 
video, en carácter de obsequio á la plaza, y dos 
cañones más de fierro, calibre 6, que no sé de 

ñera! : sí V. E. consiente, yo me comprometo á traer ai « Villa del 
Salto al puerto de Paysandú, y $i no lo consigo, será porque el ene- 
migo Jf) b ‘brá echado á pique* * A tal expresión de entereza del su- 
balterno y del amigo, el General Gómez le contestó : * Rasgos de esta 
naturaleza sólo pueden esperarse de grandes patriotas ; disponga, Ca- 
pitán Ribero, de lo que crea le sea necesario, y parta cuánto antes á 
Concordia para hacerse cargo del vapor y bajar incontinenti hasta 
este puerto si es posible, y sino que lo echen á pique. » 

Desde este momento, Pedro Ribero empezó á hacer los aprestos de 
su arriesgada expedición : nombró su segundo al Teniente Lizardo 
Sierra {1 ), quien tenía algunos conocimientos de navegación en el río 
Uruguay. Concurrió, como de costumbre, al cuartel de la Guardia Na- 
cional, donde, después de hacer formar su compañía, íes dijo que ne- 
cesitaba catorce hombres para una comisión arriesgadísima, donde no 
sería difícil quedasen algunos ó muchos de ellos. Todos querían sa- 
lir, por cuyo motivo se vio en la necesidad de elegirlos* Se les vis- 
tió de particular y se les proveyó, corno única arma, de grandes fa- 
cones, para hacer las veces de machetes de abordaje. 

Una vez prontos, marcharon al puerto para embarcarse en el va- 
por de la carrera < Salto», cuyo agente en Paysandú era quien esto es- 
cribe* 

Como de costumbre, á la llegada del vapor concurrí al puerto para 
despacharlo* Ignoraba de tal expedición, y no fue poca mi sorpresa 
cuando mi hermano Pedro me pidió pasajes para él y sus compañe- 
ros con destino al Salto* Al preguntarle qué iba á hacer, me contestó 
simplemente; «á una comisión; --sin decirme cuál era. 

El día 7 de Septiembre, de 2 y l\2 á 3 p* m*, vf movimiento eti el 
Torreón, desde nuestra casa de comercio, que estaba situada á su 
frente calle por medio: corrí á un galpón de maderas, el cual 
tenía un tragaluz en la parte más alta de su techo y del cual se do- 
minaba el río; de allí vt bajar al «-Villa del Salto* cuando enfren- 
taba a) Saladero Quemado-, hoy Nuevo Paysandú; algo más ahajo 
estaba la corbeta brasilera « Jaquítinhonha , empavesada por ser aquel 

( 1 ) Este valiente oriental reside en Concordia; fue mi compañero y 
amigo en la campaña de Aparicio en 1S70, desde que se levantó el 
sitio de Montevideo hasta la paz de Abril* 


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17 


RECUERDOS DF. PAYSANDÚ 

dónde se trajeron. - Lo que recuerdo es que los 
montajes se improvisaron como se pudo, y que 
á los primeros tiros, unos reventaron y otros 


día aniversario de la Independencia deS Brasil; observé que apresu- 
radamente caían al centro dd buque las banderas, y cuando pasaba 
por su costado el * Villa dd Salto t -, le lucieron un tiro de cañón; éste 
contestó con otro y una descarga de fusilería; después de haberlo pa- 
sado viró de bordo é hizo otro disparo de cañón, El buque brasilero 
te dirigió dos ó tres tiros más de cañón, pero no dio ninguno en el 
blanco: por estar fondeado el buque brasilero, sin duda, no pudo 

maniobrar bien. Momentos después, el Villa del Salto * llegaba al 
puerto. El General Gómez con sus ayudantes se había dirigido á él ; 
encontrándose allí, cuando llegó el vapor, ordenó que embicase en 
la playa, y aceleradamente se le extrajeron los dos cañones que lo 
artillaban, la bandera, los almohadones de los sofás, vajilla y todo 
lo susceptible de extraer con rapidez ; y en seguida fue rociado con 
kerosene y se le dio fuego. Cuando el que esto escribe llegó aí puerto, 
ya el buque era presa de las llamas; los Generales Gómez, Ptriz y 
•otros jefes que habían ido al puerto á recibir á los expedicionarios, 
volvían á la ciudad conjuntamente con el jefe del extinguido buque y 
sus tripulantes; — dos de estos últimos llevaban la bandera de popa 
con su asta; aquélla había sido clavada en esta á la partida del puerto 
del Salto; y sin duda no encontraron otro medio más fácil para ex- 
traerla. 

La Escuadra Brasilera se había puesto en movimiento, en persecu- 
ción. del * Villa del Salto , y en aquel momento se encontraba toda 
ella cu e! puerto, en el canal, contemplando el espectáculo impo- 
nente del incendio de aquel vaporcíto que los había burlado. 

Los buques brasileros estaban escalonados en el rio Uruguay, desde 
las proximidades del Salto hasta Paysand.ru Después de haberse he- 
cho cargo del vapor, el Capitán Ribero cambió su personal cíe mando, 
que estaba desmoralizado; llevó el vapor al puerto del Salto, y des- 
pués de aparejarlo como él creyó conveniente, arengó á sus tripulan- 
tes y se puso en marcha, el 6 de Septiembre, á las 4 p* m,, aguas abajo* 
Fondeó en la embocadura del río Caimán, y al día siguiente, á las 7 
de la mañana, continuó su marcha aguas abajo. 

El Uruguay se encontraba bastante crecido, lo que facilitó al Villa 
del Salto recostarse á la cosía entrerriana* Cuando enfrentaron al 
primer buque brasilero, su Comandante subió al castillo de proa, y vi- 
vando a! Gobierno y á Sa República, pasaron sin que los brasileros 

2 


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1S ORLANDO RIBERO 

rompieron sus cureñas á la altura del torni- 
llo de la graduación de la puntería, porque no 
se habían calculado bien las distancias donde 
debían quedar aquéllos, con relación al retro- 
ceso de las piezas. 

& 

Estos eran los elementos de guerra y defensa 
con que contaba la plaza para repeler cualquier 
ataque que llevasen sobre ella las fuerzas que 
nos tenían sitiados y bloqueados. 


11 

1 

Respondiendo al pacto de alianza que ha- 
bía hecho el General Flores con el Gobierno del 
Brasil, para cambiar la situación política de la 
República Oriental, derribando al Presidente pro- 
visorio de ella, que lo era don Atanasio Agui- 
rre, había invadido el territorio un ejército bra- 
silero de 10.000 hombres, compuesto de las tres 
armas, infantería, artillería y caballería, al mando 
del Mariscal Mena Barreto; cuyo ejército, una 

hicieran ninguna demostración hostil, ni tampoco le indicaron parase j 

su marcha- 

Así pasaron los demás buques apostados cu ul río, repitiendo las 
mismas demostraciones hasta enfrentar á la * Jaquitinhonha buque 
almirante, que fue el que trató de hostilizarlos, sin resultado. 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


r 


RECUERDOS DE PAYSANDÚ !Q 

vez que traspuso la frontera, se dirigió á la ciu- 
dad de Paysandú, con el objeto de rendir la plaza 
en combinación con el ejército revolucionario 
comandado por el General Flores, que se com- 
ponía alrededor de 2.000 hombres, en su ma- 
yor parte de caballería, y cuatro piezas de arti- 
llería rayadas, que en aquella época eran las más 
modernas. 

Además, un batallón de marina de desembarco, 
compuesto de 600 plazas, que estaba á bordo 
de la escuadra que bloqueaba e! puerto. 

El General Gómez, cuando tuvo conocimiento 
de la invasión del ejército brasilero al territorio 
Oriental, supo á la vez que éste se dirigía á 
Paysandú, y no contando con los elementos 
suficientes para resistir á fuerzas combinadas 
tan poderosas contra quienes tendría que com- 
batir, pidió protección al Gobierno Central, pen- 
sando á la vez abandonar la plaza y abrirse 
paso entre los ejércitos enemigos con dirección 
á Montevideo, en el caso de no obtener pro- 
tección y auxilios. 

Aun cuando esto último no trascendió sino 
de un modo vago entre la oficialidad de la guar- 
nición, tuve yo conocimiento exacto de lo que 
se proyectaba, porque el jefe Político Pedro Ri- 
bero, mi hermano, me dijo, en carácter reservado, 
días después de los primeros ataques que sufrió 
la plaza por las fuerzas sitiadoras: <Ve el medio 


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Paysandú en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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ORLANDO RIBERO 


de aprontarte un recado y poncho, porque es 
posible que cualquier noche abandonemos la 
plaza; al mismo tiempo búscame sogas, ya sean 
de cuero ó cuerdas, cuantas te pida el Capitán 
Fernández, que son para los cañones que poda- 
mos llevar; pero todo ello sin que sea público.» 

En mi fogosidad de muchacho, pues no con- 
taba más que veintidós años, y creyéndome po- 
seedor de un pensamiento reservado, traté inme- 
diatamente de conseguir los objetos que se me 
indicaban, tanto los que pudiera yo necesitar, 
como los que debía entregar al Capitán Fer- 
nández. 

Esperando la orden de marcha, llega en los 
últimos días de Diciembre una comunicación del 
Gobierno para el General Gómez, en laque se le 
participaba que e! General don Juan Saa venía 
con un ejército en nuestra protección, el cual ha- 
bía vadeado el río Negro al norte, y que en tal 
concepto se sostuviese sin abandonar la plaza. 

Tal noticia, que fué dada en la orden general 
del día, nos llenó á iodos de júbilo, con la espe- 
ranza, si no de triunfar contra los ejércitos con- 
trarios, al menos de abrirnos paso por su cen- 
tro; pero esto, sin saber ni remotamente el nú- 
mero de hombres de que se componía el ejér- 
cito brasilero. * 

Con motivo del pasaje al norte del río Negro 
del ejército comandado por el General Saa, que 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


RECUERDOS DE PAYSANDU 2! 

venía en auxilio de la plaza sitiada, las huestes del 
Genera! Flores, que eran hasta aquella fecha las 
que nos cercaban, levantaron el sitio, para espe- 
rar conjuntamente con el ejército brasilero que 
se aproximaba, á las tropas de Saa, para batirlas 
en lugar adecuado. 

El General Saa tuvo conocimiento de los po- 
derosos elementos que se interponían á su paso, 
y viendo una completa derrota en el caso de te- 
ner que presentarse en orden de batalla contra 
los ejércitos combinados, tuvo que retroceder y 
repasar el río Negro, que era, sin duda, la ba- 
rrera más segura para no 3er batido y disuelto. 

Mientras tanto, nosotros esperábamos, día á 
día, la aproximación del ejército que venía en 
nuestro auxilio, porque fundábamos en él nues- 
tra común salvación, y cualquier grupo que se 
avistaba desde nuestras vigías, creíamos que 
fueran los mensajeros del ejército salvador; 
pero pronto nos convencíamos del error, cuando 
nuestras pequeñas avanzadas de caballería ve- 
nían con el parte de que eran partidas del ejér- 
cito enemigo que habían quedado en observa- 
ción de la plaza. 

Estas pequeñas descubiertas de caballería, que 
, pertenecían á la plaza, eran casi siempre manda- 

das por un atrevido y valiente paisano, el Capitán 
Máximo Lamela, quien, día á día, libraba comba- 
tes con las partidas enemigas, generalmente muy 

... 

I , 

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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


22 ORLANDO RILiERO 

superiores en número á las suyas; y eran ian 
proverbiales su arrojo y terribles lanzadas, que se 
había impuesto respeto y su nombre era el te- 
rror entre las fuerzas contrarias de caballería que 
estaban en observación sobre la plaza. 

Este valeroso oficial, catequizado anos des- 
pués por el partido político que combatió con 
tanto arrojo en Paysandú, vino á morir á manos 
de sus ex correligionarios de aquella época, el 
año 1870, en un pequeño encuentro habido en 
el pueblo de Dolores, entre fuerzas revoluciona- 
rias que obedecían al mando del Coronel don 
Juan P. Salvanach, y la vanguardia de un ejér- 
cito comandado por el General don Francisco 
Caraballo, á cuyas fuerzas pertenecía. 


. .j 



III 

i 

LOS COMIENZOS DEL ATAQUE Y DEFENSA DE LA 

PLAZA 

El 4 de Diciembre se presentó á la plaza el 
ejército comandado por el General Flores, y acto 
continuo empezó á estrechar el sitio. 

* Mandó una intimación al General Gómez con 

f * 

el comandante de lino de los buques brasileros 



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21 







A 


RECUERDOS DE PAYSANDÚ 

que bloqueaban el puerto, quien meses antes ha- 
bía contraído matrimonio con una niña pertene- 
ciente á una familia brasilera Artequera, que resi- 
día en Paysandú y que á su pedido el General 
Gómez fue el padrino de casamiento. 

Rechazada ésta y otras intimaciones de rendi- 
ción de la plaza, empezaron los preparativos de 
asalto en el ejército sitiador, combinado con las 
fuerzas de desembarco que tenía la Escuadra Bra- 
silera. 

El General Gómez, á su vez, y de común 
acuerdo con el jefe que lo secundaba, Coronel 
don Lucas Píriz, distribuyó las fuerzas en las 
trincheras y cantones donde se había circuns- 
crito el radio de la defensa, dejando una pe- 
queña reserva para que acudiera al punto donde 
fuera atacado con mayor brío y que peligrase su 
resistencia por el escaso número de tropas que 
defendiese aquel punto. 

El lugar designado para que se estacionase la 
reserva en ei acto del ataque, era la plaza. 

Entre el número de estas fuerzas de reserva, 
que serian unos cincuenta ó sesenta hombres, 
formaba yo parte en calidad de soldado. Ellas se 
componían en su mayor número de negros per- 
tenecientes á la Compañía Urbana, algunos sol- 
dados de los batallones de línea y como unos 
quince guardias nacionales. 

Formábamos parteen la guarnición déla plaza, 
cinco hermanos y un cuñado. 


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J 


24 


ORLANDO RIBERO 


El mayor de nosotros, Pedro, era el Jefe Polí- 
tico deí departamento, de cuyo cargo fue inves- 
tido después del fallecimiento del Coronel don 
Basilio A. Pinilla, ocurrido el mes anterior. Má- 
ximo tenía el grado de Capitán de guardias na- 
cionales de caballería y era ayudante de órdenes 
del General Gómez. Atanasio y yo éramos sim- 
plemente soldados de la guardia nacional de in- 
fantería: no habíamos querido aceptar cargos de 
oficiales en la misma, por no desatender nues- 
tras ocupaciones comerciales. 

Atanasio tenía su casa de comercio, á la que 
estaba asociado nuestro hermano político Fede- 
rico Aberasturi, quien desempeñaba el cargo de 
Comandante de la G. N. de infantería, y yo, con- 
juntamente con Rafael, éramos socios de otra 
casa comercial, en los ramos de almacén por ma- 
yor y barraca de maderas, situada en una de las 
esquinas de la plaza principal, bajo la razón so- 
da! de Álvarez, Ribero hermanos, siendo núes- 
tro padre y don Cayetano Alvarez los socios ca- 
pitalistas, y nosotros industriales. 

Rafael no servía en la Guardia Nacional de la 
plaza porque era extranjero (argentino), pero 
tomó parte en la defensa por seguir la suerte de 
sus hermanos, defendiendo á la vez sus convic- 
ciones políticas, y desempeñaba el cargo de ayu- 
dante del Jefe Político. 

Tanto Atanasio como yo, por librarnos del 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 25 

servicio ordinario del cuartel, que nos tomaba la 
mayor parte del tiempo de nuestras ocupacio- 

; nes diarias, habíamos puesto personeros, pero 

nos habíamos impuesto nosotros mismos la obli- 
gación de concurrir á las trincheras en caso de 
peligro; — cosa que ya habíamos hecho cuantas 
veces se habían presentado fuerzas enemigas a! 
frente de la plaza. — Por esta razón y por no te- 
ner puesto designado, me incorporé á la reserva, 
armado de un pequeño rifle que había pedido á 
mi hermano Pedro, y con la cartuchera bien pro- 
vista de municiones para acudir á combatir en el 
lugar que se me designase. 

Todos los días á la hora de lista, lo mismo 
que de noche á la hora de retreta, la batida de 
música recorría la calle principal, desde la plaza 
hasta la trinchera que limitaba el trayecto de la 
calle, tocando marchas, para tener el espíritu de 
la guarnición alegre y entusiasta esperando la 
hora del peligro. 

Teníamos la convicción de que rechazaríamos 
cualquier ataque que se intentara sobre nues- 
tras fortificaciones, aun cuando ellas eran bien 
débiles. Deseábamos batirnos con el ejército 
sitiador, que nos tenía cansados con sus conti- 
nuas amenazas, pero que no había intentado 
hasta aquella fecha ningún ataque formal. Luego, 
la guarnición abrigaba hasta cierto punto la 
creencia de que la Escuadra Brasilera no toma- 

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Olí LANDO RIBERO 


ría participación en ei ataque; -que las cañone- 
ras de guerra extranjeras que estaban de esta- 
ción en el puerto,— 1 francesa, 1 española, 1 ita- 
liana y 1 inglesa, — impedirían que los buques bra- 
sileros hicieran fuego á mansalva sobre la plaza, 
pues ésta no tenía elementos como contestarles, 
y no habiendo mediado tampoco una previa de- 
claración de guerra por parte de su Gobierno. 

Daba lugar á abrigar esta creencia, el que la 
escuadra bloqueadora no había puesto en prác- 
tica actos de marcadísima hostilidad contra la 
plaza, y sólo cuando forzó el bloqueo el vapor 
< Villa del Salto > fué que hizo algunos disparos 
de cañón contra aquél, contestando á las provo- 
eaciories de un barquichuelo contra toda una es- 
cuadra compuesta de tres cañoneras de línea. 

Algunos de los comandantes de los buques 
extranjeros, principalmente los del español y 
francés, en conversaciones con los oficiales de 
la guarnición, habían insinuado que impedirían 
á los buques brasileros bombardear la plaza, si 
lo intentaban. 

Tengo entendido que los comandantes espa- 
ñol y francés trataron de poner en práctica su 
proyecto cuando llegó el momento de operar, 
porque conservo el recuerdo de haber oído co- 
mentar después un fuerte altercado habido en- 
tre estos dos caballeros y e! jefe de la Escuadra 
Brasilera, Almirante Tamandaré, con motivo de 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 

haber querido impedir los primeros aquel acto 
de cobardía, bombardeando á mansalva una 
plaza sitiada por un ejército revolucionario para 
dirimir contiendas civiles,— una escuadra extran- 
jera, sin declaración de guerra por parte del Go- 
bierno de su país á la República Oriental. El 
Almirante laman daré daba por excusa, que eran 
aliados del ejército revolucionario, y que por esa 
causa había hecho izar en el palo mayor de sus 
buques la bandera oriental. 

También se encontraban en el puerto dos va- 
pores pertenecientes á la Escuadra Argentina, 
El Guardia Nacional» y el «25 de Mayo , al 
mando del Almirante Murature, quien desem- 
peñó un gran rol humanitario al final de la san- 
grienta contienda. 

Aun cuando el bondadoso jefe de estos bu- 
ques nos era simpático y él mismo no parti- 
cipaba de las animosidades contra el jefe de la 
plaza sitiada y su guarnición, había sido man- 
dado por el Gobierno Argentino para observar 
los movimientos que se operaban en la plaza. El 
Presidente de la República Argentina en aquella 
época, General Bartolomé Mitre, nos era comple- 
tamente hostil, como igualmente su Ministro de 
la Guerra, General Juan A, Gelly y Obes, quienes 
habían coadyuvado y prestado toda clase de au- 
xilios al General Flores para que invadiese y 
convulsionase en guerra civil á la República 
Oriental. 


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2S 


ORI-ANDO RIBERO 


IV 

Amaneció el día ó de Diciembre. Los defenso- 
res de la plaza se encontraban todos en sus 
puestos, esperando el momento del ataque. — Yo 
estaba en la reserva formada en columna al cos- 
tado del Torreón «Baluarte de la Ley>, cons- 
truido en la esquina SE. de la plaza. 

En el campo del ejército sitiador se notaba 
gran movimiento: las infanterías en columnas 
avanzaban por los bajos de las cuchillas de los 
alrededores de la población, por el costado N., 

NE. y S. — Se sintieron varias descargas cerra- 
das, que nosotros supusimos fueran para fo- 
guear las tropas enemigas antes de entrar en 
combate, porque de las vigías y azoteas nos 
anunciaban los compañeros que todavía no veían 
núcleos de fuerzas, pues que los ocultaban las 
cuchillas que aún no habían repechado. 

El General Gómez, rodeado de su Estado Ma- 
yor, recorría á caballo las trincheras. Llegó á la 
plaza, subió al Baluarte para observar los moví- , | 

mientos del ejército enemigo y ver cuáles eran 
los puntos adonde convergían sus ataques. 

Haría próximamente diez minutos que estaba 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 24 

en observación, cuando se sintió el primer dis- 
paro de cañón hecho por las fuerzas del General 
Flores y dirigido desde el costado E., enfilando 
la calle 18 de Julio, que es la principal. La gra- 
nada que arrojaron no hizo efecto, se desvió y 
fué á reventar en los muros de la Iglesia Nueva. 

Como la reserva estaba formada al costado S. 
del Baluarte, precisamente en la trayectoria cíelas 
dos piezas de cañón que habían colocado en la 
cuchilla dominando la calle, el General Gómez, 
desde su sitio de observación, dio orden de que 
formásemos en columna cerrada en el costado 
O. del mismo Baluarte, dando la espalda á aquél, 
resguardándonos de este modo de los proyecti- 
les de cañón que pudieran dirigirnos. No haría 
dos minutos que habíamos cambiado de posi- 
ción, cuando un segundo cañonazo disparado en 
la misma dirección del primero, da el proyectil en 
el portón que cerraba la trinchera de la calle en 
el costado E.; se desvía con tan mala suerte 
para nosotros, que en la diagonal que describe 
viene á tomar la esquina de nuestra columna de 
reserva, saliendo por su centro y concluyendo 
en su mortífero trayecto por ir á dar muerte al 
centinela que estaba enfrente del cuartel de la 
Guardia Nacional. 

Naturalmente, con este fatal é inesperado su- 
ceso antes de entrar en combate, sin el enardeci- 
miento que producen el fuego y la pelea, la pe- 

* 


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ORLANDO RIBFRO 



quena columna remolineó y medio se hizo pe- 
lotón; mi primer instinto fué dar vuelta y mirar 
la cumbre del Baluarte, al mismo tiempo que el 
General Gómez desde allí, con la espada en la 
mano,blandiéndola, nos gritaba: firmes, car... 
Como movida por un resorte, la columna se ali- 
neó, llenando los claros que había hecho el fatal 
proyectil: once había dejado fuera de combate. 

Al pasar por dentro de aquella masa de hom- 
bres, hizo un ruido extraño, como de trapos vie- 
jos ó algo parecido, que se rasgaban, y con la ve- 
locidad de su trayectoria había impulsado hacia 
adelante de la columna un reguero de miembros 
humanos, brazos, piernas, intestinos, etc., etc., 
como si hubiese querido marcar el camino que 
llevara después de salir del centro de nuestra 
columna de reserva. 

Sólo un negro, atemorizado por aquel suceso, 
se separó de las filas hasta la vereda de enfrente; 
pero vuelto en sí, acto continuo, retomó á ella sin 
que nadie se lo indicase ó quizá por haber visto 
él también la valerosa actitud de nuestro Gene- 
ral en jefe. 

Momentos después, un ayudante nos trajo 
la orden de salir de aquella fatal posición y gua- 
recernos en un callejón que había al costado de 
la antigua Iglesia. Allí, sentados en el suelo y co- 
mentando un tanto atemorizados el suceso, que- 
damos esperando órdenes para ir á reforzar las 
trincheras que fueran atacadas. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


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Estando ála espera de la designación del punto 
adonde debíamos concurrir, vimos las primeras 
granadas de calibre 80, lanzadas por la Escua- 
dra Brasilera en dirección á la plaza: venían con 
mucha elevación y reventaban en el aire, á dos- 
cientas ó trescientas varas de altura. 

Naturalmente, nos convencimos de que estába- 
mos en error al abrigar la creencia de que ia Es- 
cuadra no nos liaría fuego; pero como los ca- 
ñonazos que nos tiraban eran tan mal dirigidos 
y nos hacían poco ó ningún daño, empezamos á 
acostumbrarnos á no tenerles miedo, conclu- 
yendo por entretenernos la trayectoria que des- 
cribían en el espacio, reventando las granadas 
como bombas de fuego de artificio. Eran las pri- 
meras balas de cañón que veíamos de aquel ta- 
maño, y nos alentaba el que no nos hicieran 
daño. 

Las huestes sitiadoras se aproximaban en aire 
de ataque. Los puntos á que convergían, eran la 
Comandancia Militar, que estaba situada en la 
esquina que forma el costado sud y este de la 
Biaza; (a Jefatura de Policía, que está situada en 
la calle 8 de Octubre y Montevideo, y que era el 
extremo sud y oeste de nuestra línea de trinche- 
ras; la trinchera situada en el extremo oeste de 
la calle 18 de Julio, que la denominábamos del 
Banco Mauá, por estar en una de sus esquinas 
la sucursal de aquel establecimiento bancario; y 


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ORI. ANDO RIBERO 


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finalmente la trinchera extremo oeste de la calle 
Florida y norte de la calle Montevideo. 

El General Gómez, una vez que vió y se dio 
cuenta de cuáles eran los puntos sobre los que 
el enemigo traía el ataque, bajó del torreón, 
mandó traer del cuartel de la Guardia Nacional, 
que estaba en la misma plaza, la bandera del Ba- 
tallón; montó á caballo, y, seguido de su Estado 
Mayor, se puso al galope hacia los puntos ame- 
nazados, recorriendo las trincheras y procla- 
mando á sus soldados; dando orden a! mismo 
tiempo de que la banda de música recorriese la 
calle 18 de julio tocando dianas y que todos los 
cornetas y tambores que estaban en las trinche- 
ras hicieran la misma cosa. 

Era un ruido infernal de dianas y vivas acom- 
pañados de ¡os estruendos producidos por la 
artillería y las granadas de la Escuadra Brasilera 
que reventaban en el aire, teniendo á la vista los 
batallones enemigos que avanzaban batiendo 
marcha, con sus banderas desplegadas. 

La reserva continuaba en su puesto esperando 
órdenes. Se presentó el Coronel Píriz acompa- 
ñado de sus ayudantes: había sabido que ya 

habíamos pagado á la patria que defendíamos 
nuestro primer tributo de sangre, y vino á ver- 
nos y á alentarnos. Nos dijo este valerosísimo 
¡efe pocas palabras, porque no tenía facilidad 
para expresarse: sólo le eran característicos ei va- 




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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 










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lor y la serenidad perspicaz y atrevida del com- 
batiente avezado, adquirida en los campos de ba- 
talla. «No se acobarden, muchachos, que les he- 
mos de dar el vuelto al indio Flores, á Goyo Jeta 
( nombre con el que designábamos al Coronel 
de las fuerzas contrarias Gregorio Suárez, quien 
era un terrible sanguinario) y á los macacos.» 
Éstas fueron sus palabras y salió á recorrer los 
puntos de la línea donde amenazaba mayor pe- 
ligro. 

Momentos después, también se presentó el 
Comandante don Federico Aberastury, á caba- 
llo, con sus ayudantes, revisando los puestos 
donde habían sido destacados sus Guardias Na- 
cionales. Como en la reserva estaban algunos, 
vino á constatar si les habían tocado en suerte las 
depredaciones de la mortífera bala que había 
destrozado á la reserva. No tengo recuerdo pre- 
ciso de ello, pero creo que sólo uno pagó su tri- 
buto de vida en aquel momento. 

Estando aún el Comandante Aberastury con 
nosotros, vino un ayudante con la orden de que 
se distribuyera la reserva en las trincheras donde 
las fuerzas contrarias dirigían sus ataques. Á mí 
me tocó, con diez ó doce más, la Comandancia 
Militar, cuyos escombros no abandoné durante 
todo el tiempo que duró la defensa hasta la ren- 
dición de la plaza. 

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34 ORLANDO RIBERO 



No habiendo en la reserva suficientes oficiales 
para mandar cada uno de los grupos en que fue 
dividida, me puse yo al frente de los designados 
para la Comandancia Militar. Al llegar al punto, 
unos fueron incorporados á las fuerzas que 
guarnecían una pared aspillerada que estaba al 
fondo del patio del edificio y que era mandada 
por el Mayor don Torcuata González, y otros, yo 
entre ellos, nos agregamos á los que guarnecían 
la trinchera que estaba cerrando la bocacalle 
en que el mismo edificio hacía esquina, y que eran 
mandados por el Capitán don Adolfo Areta. 

En la misma bocacalle había un cañón con 
montaje en carroñada, el que á ios primeros dis- 
paros se dió vuelta de arriba abajo, por faltarle 
una base llana y lisa donde poder rodar en el re- 
troceso. 

Esta pieza era mandada por un oficial pusilá- 
nime de quien no recuerdo el nombre, pero sí de 
su apodo, pues que lo nombraban por el de Te- 
niente Miriñaque. 

A unas cincuenta varas más al centro de la 
plaza y frente á la Iglesia, estaba el Capitán don 



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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


35 


Federico Fernández con 4 ó 6 artilleros y una 
piecita de bronce de á 4, haciendo fuego por en- 
cima de los que guarnecían la trinchera de la 
bocacalle y en dirección á la cuchilla que tenía- 
mos al frente y que nos dominaba, donde esta- 
ban poniendo en batería los enemigos cuatro 
piezas que habían desembarcado déla Escuadra. 

Cuando llegué á la trinchera, nuestras fuerzas 
aún no habían roto el fuego sobre el enemigo. 
Entonces recién vi que descendía por el costado 
NO. de la cuchilla un gran batallón uniformado 
de levita y pantalón azul y correaje blanco. Su 
formación era en una sola hilera de 4 en fondo, 
batiendo marcha con su música al frente y el pa- 
bellón brasilero al centro. Esta larga hilera de 
tropa, pues se componía el todo de seiscientos 
hombres, era el Batallón de Marina de desem- 
barco; venía ondulando no sé si por el temor de 
tropa bisoña que iba á entrar en pelea, ó si era 
por los desperfectos y escollos del terreno que 
atravesaban, que era un campo descubierto. 

Cuando estuvieron á una distancia de cuatro 
á cinco cuadras, se rompió el fuego sobre ellos, 
tanto del patio de la Comandancia Militar, como 
de la trinchera de la bocacalle y de la Iglesia, en 
cuyo edificio, sin terminar, se había formado un 
cantón en el costado que mira al N., haciéndose 
también fuego por unas ventanas de la sacristía 
situada al fondo del mismo edificio. Este cantón, 



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ORLANDO RIBERO 

que tendría unos cincuenta hombres, era man- 
dado por el Mayor don Belisario Estomba. 

Las fuerzas que guarnecían la Comandancia 
Militar, la trinchera de la bocacalle y otra pared 
aspillerada que había en el patio de un rancho 
que formaba el ángulo de la plaza y que llamá- 
bamos la Artillería, porque el citado rancho era 
la cuadra de los pocos artilleros que teníamos, 
se componían de cincuenta y siete hombres entre 
jefes, oficiales y tropa. 

Así es que no contábamos más que con ciento 
siete hombres para resistir el ataque que nos 
traía el brillante Batallón de Marina brasilero, 
porque el fuego de los dos cañones de que hago 
mención, y otro del Baluarte que miraba al N., es- 
taban dirigidos á la batería que habían empla- 
zado en la cuchilla y que ya estaba funcionando 
contra nuestras trincheras, la Iglesia y el Baluarte. 

El batallón que avanzaba, al sentir nuestros 
fuegos, fué presa del mayor pánico y confusión. 
En cinco minutos se disgregó todo: rompieron 
las filas sin orden, y, en pelotones, corrían como 
gamos á guarecerse y ocultarse entre los cercos 
de las casas y quintas que estaban próximas al 
paraje donde se encontraban; no atinaban ni á 
contestar los fuegos que les hacían. Notamos 
que en el primer momento los oficiales hicieron 
un ensayo de energía para contenerá la tropa; 
pero aquello fué veloz, rápido: se evaporaron to- 
dos como el humo. 


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V 


recuerdos de paysandú 


37 


Guarecidos tras de cercos y casas, una parte 
del batallón se corrió con dirección a! puerto, 
con el intento de tomar posiciones; pero ame- 
' drentados como iban, eran fácilmente rechaza- 

dos por toda la línea de trincheras de nuestro 
costado N. sin mayor esfuerzo. 

La otra parte del batallón trató también de to- 
mar posiciones á nuestro frente. Tentaron for- 
mar cantones en algunas casas que quedaban 
fuera de la línea de trincheras, pero eran desalo- 
jados inmediatamente, porque habiendo una gran 
depresión del terreno en este costado, las azo- 
teas de las casas eran dominadas y barridas por 
j, los fuegos de nuestras trincheras y la Iglesia. 

Narraré, á propósito de la ventaja de nuestra 
posición contra infanterías, un hecho personal y 
que fué comentado por mis compañeros en 
aquel día. 

Haciendo fuego por una aspillera, vi que un 
soldado enemigo había subido á una azotea si- 
tuada á una distancia de tres cuadras, cuyo 
plano, que era rodeado de una baranda de fierro 
y pilares de material, lo dominaba casi por com- 
pleto. 

El soldado, una vez arriba, corrió á guarecerse 
en uno de los pilares; previendo que aquél ha- 
bría trepado por una escalera colocada en la parte 
exterior del muro, fijé mi rifle en aquella dirección. 

Al subir un segundo soldado hice fuego, ca- 


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ORLANDO R113ERO 


yendo el hombre al plan de la azotea; sin pensar 
que aquél hubiese sido herido, cargué inmedia- 
tamente y volví al acecho en momentos que tre- 
paba un tercero, el que hizo la misma operación 
del segundo cuando hice fuego, tirándose de ca- 
beza al plan de igual manera; un cuarto hizo 
igual cosa al hacer yo mi disparo. Entonces re- 
cién vine á darme cuenta de que aquellos infeli- 
ces estaban heridos, porque el primero que se 
mantenía tras del pilar, corrió al punto por donde 
había subido y bajó precipitadamente, quedando 
los otros tres que se habían arrastrado para gua- 
recerse en el pequeño saliente de material que so- 
portaba las barandas. Mis compañeros de trin- 
chera, que me habían estado observando, princi- 
palmente el Capitán Areta, que se encontraba á 
mi lado, celebraron el hecho, porque yo solo con 
mi buena puntería, impedí que los enemigos for- 
masen un cantón. 

Momentos después apareció el General Gó- 
mez recorriendo la línea con sus ayudantes, y 
habiendo tenido conocimiento de aquella zapa- 
llada hecha por mí, se bajó del caballo y, acer- 
cándoseme, merecí el honor de que me diese un 
abrazo delante de iodos mis compañeros de 
trinchera. 

Semejante demostración de honor implicaba, 
en mi fogosidad de muchacho, el que perdiese 
por completo todo temor, ó á lo menos por deli- 
cadeza y pundonor no demostrarlo. 


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V 




RECUERDOS DE PAYSANDU 39 

Como á la una de la tarde de ese mismo día, 
viendo que las infanterías enemigas no aparecían 
á nuestra vista, y que sólo nos molestaban las 
cuatro piezas de cañón que habían puesto en ba- 
tería á nuestro frente en la cuchilla, resolvimos 
hacer una salida por nuestra cuenta, sin haber 
recibido orden para ello. 

Nos reunimos unos veinte de los que pertene- 
cían al cantón de la Iglesia, mi trinchera y la arti- 
llería, al mando de un valiente oficial, el Teniente 
Encina. 

Fuera de la línea de trincheras, guareciéndo- 
nos con los cercos y casas nos dirigimos al lugar 
del cantón que yo había desalojado, donde en- 
contramos unos 40 á 50 brasileros en el mayor 
descuido. Los sorprendimos con una descarga 
que no atinaron á contestar. El espíritu de con- 
servación Ies impulsó á disparar entre cercos y 
quintas con dirección al puerto, dejando tres ó 
cuatro heridos y varios instrumentos de la mú- 
sica del Batallón de Marina, un tambor y dos 
cornetas de guerra, cuyos objetos llevamos como 
trofeos adquiridos en nuestra desatinada salida. 

Regresamos de allí á nuestras posiciones, por- 
que á más de ser peligrosa la expedición, temía- 
mos ser reprendidos por haber salido fuera de 
trincheras sin orden de nuestros respectivos jefes. 

En la jornada del día 6 de Diciembre, lo que 
nos hizo más estragos en la plaza fueron los fue- 
gos de la artillería enemiga. 


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ORLANDO RIBERO 


Ese mismo día, una de las balas de mayor ca- 
libre lanzadas por la Escuadra Brasilera, hizo 
blanco en una pequeña pirámide toda de mármol, 
coronada por la efigie de la Libertad, que existía 
en el centro de la plaza, y la que fué completa- 
mente destruida. El General Gómez hizo reco- j 

ger una parte de la estatua, cuyo emblema fué do- 
nado después de la toma de la plaza al Almi- ;j 

rante Murature. Años después, tuve ocasión de 
volver á ver aquellas reliquias de Paysandú en la 
casa de aquel señor. 

Ese día quedaron inutilizadas la mayor parte 
de nuestras piezas de cañón. La batería ene- 
miga que teníamos á nuestro frente, sin tener 
quien contrarrestase sus fuegos sino con gran- 
des intervalos, porque se cuidaba que no nos 
desmontasen los cañones que quedaban servi- 
bles, había ajustado la puntería, abriéndonos 
grandes brechas en la trinchera de la bocacalle, 
dejando casi arrasadas las paredes aspilíeradas 
de la Comandancia Militar y cuadra de la Artille- ! 

ría, cuyas casas tenían sus paredes y techos per- 
forados por los proyectiles que nos arrojaban; 
y el torreón quedó lleno de boquetes. 

Antes de ir á la expedición de salida á que 
hago referencia, crucé la plaza para ir á nuestra t 

casa, que estaba en el otro extremo de ella, tras 
del torreón, á objeto de cerciorarme de los des- 
perfectos que nos habían causado dos granadas 
que habían reventado en los almacenes. 


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RECUERDOS DE PAVSANDU 41 

Al acercarme al torreón, vi bajar acelerada- 
mente por su explanada al Guardia Nacional de 
Mercedes Juan José Díaz, de camiseta de ba- 
yeta punzó y un morral de cuero de los que usa- 
ban para transportar cartuchos de pólvora para 
cañón, cruzado á la espalda, y con la cara negra 
del hollín de la pólvora. Preguntándole cómo lo 
veía en aquel traje (porque el jefe del torreón, 
Comandante Braga, lo había nombrado su ayu- 
dante), me contestó: « ¡SÍ nos han muerto casi to- 
;| « dos los negros artilleros! Nos quedan cuatro 

« para atender la única pieza que puede hacer 
« fuego, y yo tengo que hacer el servicio de su- 
« bir los cartuchos.» — Me decía esto con la ma- 
yor calma, riéndose como si se tratase de lo más 
sencillo por allá arriba. Este joven fué herido en 
su puesto de combate, en los últimos días de la 
defensa, en una pierna, por un casco de granada, 
j — El mismo que, siguiendo la carrera militar, tiene 

hoy el grado de Coronel y ha sido durante va- 
rios años Ministro de la República Oriental en 
Francia. 

En la tarde del siguiente día, encontré al Co- 
mandante Braga, que bajaba por la explanada con 
un libro en la mano; le pregunté: «¿Qué hace, 
i mi Comandante? » — « Nada, me respondió; me 

« han inutilizado la última pieza que me que- 
j « daba, y por entretenerme estoy en mi puesto 

¡ « leyendo y cuidando la bandera.» 


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ORLANDO RIBERO 


Y tas balas de cañón enemigas continuaban 
desmontando el torreón. 

Otra salida se efectuó en la tarde del día 6 por 
las fuerzas que guarnecían la trinchera del cos- 
tado E. de la plaza, mandadas por el Coronel 
Emilio Raña. 

A dos cuadras de distancia de aquélla, en la 
misma calle, estaba situada la casa particular del 
señor Manuel Cerro, Receptor de Aduana, donde 
se encontraban su señora, una hija y otras dos 
niñas, 

El señor Cerro y sus dos hijos, Manuel y Luis, 
formaban parte de las fuerzas de la defensa y es- 
taban en la Comandancia Militar. 

Unos cincuenta hombres, pertenecientes al Ba- 
tallón brasilero diseminado, se posesionaron de 
aquella casa. En cuanto el Coronel Raña tuvo 
conocimiento del hecho, resolvió asaltarla y liber- 
tar á la familia del poder del enemigo. 

Los defensores de la plaza que salieron para 
efectuar el asalto, iban mandados por el Capitán 
don Laudelíno Cortés, y acompañábanlos don 
Ernesto de las Carreras, ayudante del Coronel 
Raña, y Ramón García. Eran en su mayor parte 
Guardias Nacionales de caballería, armados de 
lanzas unos y otros de tercerolas. 

Ocultándose entre paredes y cercos, llegaron 
sin ser vistos á la puerta de calle, por la que, vio- 
lentamente forzada, penetraron audaz y valiente- 
mente, llevando el asalto. 

y 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


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Los brasileros, sorprendidos, no esperando tal 
acto de arrojo, hicieron una débil resistencia y no 
atinaron sino á huir. 

Los asaltantes hicieron una atroz carnicería y 
se llevaron á las señoras, quienes, amedrentadas 
por las fuerzas enemigas, se habían refugiado lle- 
nas de pavor en una de las últimas habitaciones. 

Vi pasar por la plaza á estas pobres señoras 
cuando las llevaban á lugar más seguro dentro 
de trincheras. Iban todas desgreñadas, dando 
gritos despavoridos á cada estallido de las gra- 
nadas que reventaban en la plaza. Cada una de 
ellas era llevada de la cintura por uno de sus li- 
bertadores, porque debido al pavor que las ha- 
bía acometido, se conocía que sus piernas fla- 
queaban y no podían sostener el peso de sus 
cuerpos. 

Las fuerzas enemigas que componían el ejér- 
cito del General Flores habían llevado un vigo- 
roso ataque á la extremidad opuesta de la línea 
de trincheras, concentrando sus fuegos al Banco 
Mauá, cuyos defensores estaban al mando del 
Comandante don Inocencio Benítez; á la trin- 
chera que cerraba la calle y casa del frente, man- 
dada por el Coronel don Tristán Azambuya; á 
la casa llamada «Ancla Dorada», al mando del 
Capitán Senosiain, y á la Jefatura de Policía, al 
mando del Comandante Pedro Ribero. 

Como esta parte de la línea defensiva venía á 



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ORLANDO RIBERO 


quedaren el centro de la población, donde la to- 
pografía de! terreno es llana, los asaltantes de 
esta línea, con otro temple y más previsión que 
los del otro extremo, pudieron fácilmente avan- 
zar, echando cercos y paredes abajo, por el centro 
de las manzanas fuera de nuestros fuegos, y 
aproximarse por los fondos de las casas hasta 
aquellas que daban frente calle por medio á nues- 
tra línea de defensa; iniciándose de una y otra 
parte un fuego terrible, á boca de jarro, por las 
ventanas y troneras hechas en las paredes. Tan 
terrible fue el fuego, que las rejas de las ven- 
tanas de uno y otro lado quedaron tronchadas á 
impulso de las balas de fusilería. 

El cantón existente en la «Ancla Dorada» 
hubo que desalojarlo. El enemigo situó una 
pieza votante á dos cuadras de distancia, resguar- 
dada por una pila de bolsas de harina, que ha- 
bían sacado de una panadería; y de allí barría á 
la tropa que lo defendía, dejando fuera de com- 
bate la mitad de su gente. Los restos de los de- 
fensores bajaron y se posesionaron de la casa de 
al lado, donde los fuegos del cañón no podía 
ofenderles. 

Durante toda la noche continuó el fuego más 
ó menos vivo en todas las líneas, y principal- 
mente en este costado de la defensa. 

La noche era muy clara y serena, la luna es- 
taba en su mayor plenitud y alumbraba con su 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 


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pálida luz los destrozos causados por el cúmulo 
de proyectiles que nos habían arrojado las fuer- 
zas bloqueadoras. En las primeras horas de ella, 
nos ocupamos todos indistintamente en acarrear 
bolsas llenas de tierra y grandes sacos llenos de 
lana, que sacábamos de uno ó dos depósitos que 
había dentro de trincheras, para llenar con unas y 
otros las brechas que había abierto la artillería 
enemiga en nuestros parapetos. 

Esta tarea se renovó después la mayor parte 
de las noches, durante todo el tiempo que duró 
el sitio. 

Nuestras pérdidas en ese día fueron de 112 á 
120 hombres fuera de combate, de los que la mi- 
tad, lo menos, fueron heridos por los proyectiles 
de cañón de la artillería de tierra. En este com- 
bate no cayó ningún oficial de distinción, salvo 
el Capitán don Rafael Hernández, quien, pertene- 
ciendo á los defensores de la aspillera que recua- 
draba el patio de la Comandancia Militar, fué he- 
rido, en los primeros momentos del ataque lle- 
vado ese día, por una bala de cañón arrojada 
desde la batería que habían emplazado en la cu- 
chilla, la que pasándole por entre las piernas, 
le quemó ambas pantorrillas, quedándole aquéllas 
completamente negras; días después despren día- 
sele la carne, formándosele dos grandes y profun- 
das llagas. 

El Hospital de Sangre se había establecido en 




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ORLANDO RIBERO 


la Escuela pública, que era un largo salón con 
ventanas altas, situado en la calle 18 de Julio, á 
media cuadra de la plaza y frente á la botica de 
Legar. o 

Sólo teníamos un médico, el valeroso doctor 
don Vicente Mongrel, sin ningún practicante 
ó enfermero que lo ayudase para las amputa- 
ciones de piernas y brazos, que eran generalmente 
los miembros mutilados por los proyectiles de la 
artillería contraria. 

Una valerosa y humanitaria mujer se le pre- 
sentó para llenar aquel vacío- 

* 

Esta fué una señora que vivía al lado, viuda del 
doctor Berengel!, antiguo cirujano del ejército que 

- 

comandó el General don Servando Gómez en la 
lucha fratricida de los nueve años, llamada la 
Guerra Grande. Cuando esta señora vio que con- 
ducían heridos al Hospital de Sangre, fué á ofre- 
cerse para hacerles caldo, á objeto de fortalecer- 
los; pero encontrando allí al doctor Mongrel solo, 
sin tener quien lo ayudase y en medio de un nú- 
mero considerable de heridos que se quejaban de- I 

lirantes, pidiendo algunos un pronto alivio, y otros 
implorando la muerte como medio más rápido de 
concluir con la desesperación producida por sus 
miembros destrozados, su corazón abnegado la 
hizo sobreponerse á sí misma ante aquel espec- 
táculo de sangre y desolación. Desechando todo 
escrúpulo de mujer y revistiéndose de varonil en- 


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RECUERDOS DE PAVSANDÜ 


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á 


tereza, fué á asegurar los miembros mutilados de 
aquellos desgraciados, para que el doctor Mon- 
grel amputase las partes destrozadas por los pro- 
yectiles enemigos. 

Esta tarea duró ése y los subsiguientes días en 
la asistencia de los heridos que se conservaban 
con vida. Una joven hija de aquella mujer abne- 
gada, ayudada por dos ó tres Hermán itas me- 
nores, se encargaron de confeccionar el puchero 
para proporcionarles el caldo que necesitaban 
aquellos caídos en defensa de la patria, y era lie- 

y 

vado por algunos soldados asistentes. Este fué el 
servicio que prestó en sus principios el I lospital 
de Sangre inaugurado en aquel primer día de la 
v heroica defensa. 


VI 

Eí día 7 á la madrugada comenzó el fuego de 
cañón, dirigido hacia la plaza. No podíamos con- 
testar, porque nuestra artillería estaba más ó 
menos inutilizada para dirigirla á las baterías que 
había emplazado el enemigo sobre nuestras lí- 
neas; y no había ni que pensar en contestar al 
fuego de la Escuadra Brasilera, porque nuestros 
pequeños cañones no alcanzaban ni á la mitad 

J 


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48 ORLANDO RIBERO 

del trayecto donde se encontraba su línea. Á ia 
misma hora se hizo sentir el fuego de fusilería por 
el costado de la Jefatura de Policía. 

Las fuerzas de! General Llores se habían pose- 
sionado, por los fondos, de las casas que daban 
frente á la Jefatura, á ambos lados de la calle 
Montevideo, y no había medio de desalojarlas 
sino llevando un ataque simultáneo á sus po- 
siciones. En tal virtud se resolvió llevarlo defecto 
por dos puntos distintos, y fueron nombrados 
para dirigir personalmente los grupos de asaltan- 
tes, el Mayor Belisario Estornba y el Jefe de Po- 
licía, Pedro Ribero. El primero debía salir del re- 
cinto atrincherado por la puerta principal de la je- 
fatura de Policía y atropellar al zaguán de la casa 
de enfrente, que estaba abierta; y el segundo por 
Ja puerta de una pared aspiilerada que hacía es- 
quina á la Jefatura y daba frente al zaguán de la 
otra casa ocupada por las fuerzas enemigas. Se 
llevó una pieza volante de los pocos cañones que 
habían quedado en estado de servicio, colocán- 
dose detrás de la pared mencionada, apuntando 
á la esquina de la casa que daba frente á la Jefa- 
tura. La señal convenida para el asalto era: des- 
pués del segundo disparo que hiciese la pieza, 
salir simultáneamente los dos grupos que se ha- 
bían apostado convenientemente en su sitio. 

Llegado el momento de la señal convenida, 
cargaron los asaltantes. Las fuerzas al mando 


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defensa de Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901 . 


RECUERDOS DE PAYSANDÚ 49 

de Estomba llegaron con facilidad al patio de la 
casa asaltada, cuya entrada era espaciosa, y pu- 
dieron evolucionar contra la gente que la ocu- 
paba, causándole muchas bajas. I 'ero las que diri- 
gía el Jefe de Policía, al llegar á la vereda de la casa 
que iban á asaltar, se contuvieron algún tanto 
antes de entrar con resolución al zaguán, que era 
angosto y en cuyo estrecho patio había algunos 
enemigos. Entonces su jefe, con la entereza que 
le inspiraba el cumplimiento de la consigna, y 
para dar ejemplo á sus soldados, avanzó por el 
zaguán, incitando á la tropa para que lo si- 
guiese; éste no llevaba en aquel instante ninguna 
arma en sus manos. 

Al trasponer el arco de la parte opuesta del 
zaguán, fué agredido por un individuo que lo 

acechaba detrás de la pared ; éste le dirigió una es- 

¥ 

tocada, pero con un movimiento instintivo hacia 
atrás, pudo eludir el golpe y tomarle por la mu- 
ñeca la mano que esgrimía el arma. Este hecho 
fué rápido é instantáneo. Los soldados, siguiendo 
el ejemplo de su jefe, á quien vieron en peligro, 
avanzaron con prontitud, ultimando al agresor y 
sembrando el pánico y confusión entre las fuer- 
zas posesionadas de la casa, persiguiéndolas 
por los fondos que daban á una barraca, donde 
hicieron prisioneros á algunos enemigos que se 
habían escondido dentro de una pila de bolsas 
de lana. 

4 . 


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ORLANDO RIBERO 


En este asalto tomó parte e! Capitán Adolfo 
Areta, quien me comunicó la operación cuando 
en la trinchera de la Comandancia Militar le die- 
ron la orden de marchar á la Jefatura de Policía. 

Más tarde, cuando aquellas posiciones queda- 
ron nuevamente en nuestro poder, fui á cercio- 
rarme de los hechos ocurridos. Pude constatar 
los cadáveres de doce ó quince sitiadores que 
habían quedado en diversos sitios de las tres 
casas que ocupaban, los que fueron arroja- 
dos días después, conjuntamente con muchos 
otros que aún estaban insepultos de los comba- 
tes del día anterior, á un pozo, vaciándoles en- 
cima varias bolsas de cal para evitar las emana- 
ciones de estos cadáveres en descomposición. 

Nuestras pérdidas en este hecho de armas, 
fueron dos soldados muertos y un oficial herido. 





$ 



El día 8 continuó el cañoneo hacia la plaza, 
desde la Escuadra, de la batería frente á la Co- 
mandancia Militar y de otra que habían esta- 
blecido, con cañones bajados de los buques, en 
el bajo, al costado Noroeste de la ciudad. 

De la plaza se les contestaba de tarde en tarde 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 51 

con algún disparo de nuestras pequeñas piezas, 
obteniendo con ¡a provocación, porque otro 
nombre no podía dársele, una verdadera lluvia 
> de proyectiles que nos obligaba á ocultarnos 

dentro de los escombros hasta que el fuego se 
hiciera menos violento por quienes nos batían á 
mansalva. Pero cuando aparecían algunas fuer- 
zas sitiadoras al alcance de nuestros fusiles, en- 
tonces surgían de entre los cascotes y pedazos 

de pared los defensores de la plaza, á pesar de la 

■ 

metralla, granadas y cohetes á la congreve que 
nos lanzaban. 

En la tarde de este día, fui al Torreón en busca 
de municiones para mi rifle, que era de calibre 
menor que los que se usaban para los fusiles co- 
munes de la guarnición. Cansado y vencido por 
el sueño, me tendí en una tarima, mientras el jefe 
del Polvorín, Capitán Ladislao Gadea, buscaba los 
cartuchos que necesitaba. AI cabo de un rato me 
despertó, y, todo azorado, me dijo:— «Mire, por 
un milagro no hemos volado todos: acaba de per- 
forar ia pared del depósito de la pólvora una gra- 
nada que felizmente no ha reventado.» Con tal 
noticia me levanté con la celeridad é impresión 
consiguiente, y pude cerciorarme de que efectiva- 
^ mente había traspasado la pared una granada es- 

férica de calibre 20, que estaba aún caliente, y 
que no había reventado porque, al chocar contra 
el muro, había dado con el lado del tornillo de 


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52 ORLANDO RIBERO 

la mecha, y ésta se había sofocado al obstruirse 
el conducto con escombros. 

En presencia del hecho, el Capitán Gadea me 
dijo: — «Ayer hice presente al General Gómez, que 
en el momento menos pensado íbamos á volar, 
porque las balas están horadando poco á poco 
las paredes, y ahí tiene usted la prueba; debe- 
ríamos trasladar este Polvorín á alguna otra parte. 
¿ Por qué no se lo repite usted, que ha visto cómo 
ha entrado la granada, y le lleva el parte?» Acepté 
la comisión y lo del parte verbal, y cuando lo tras- 
mití, contestóme el General Gómez: — «Que tapen 
los agujeros con bolsas de lana; ya pensaremos 
dónde poner la pólvora.» 

Llevé la respuesta, aguzando la imaginación 
para ver dónde podría trasladarse aquel Polvorín 
que amenazaba hacernos saltar por los aires ato- 
óos los que estábamos en la plaza. 

Pronto se me ocurrió el medio y fui, con temor 
de ser rechazado, á proponérselo al General Gó- 
mez, diciéndole:— «En el patio de nuestro alma- 
cén hay un aljibe muy grande, en el que desago- 
tándolo y forrando el piso y paredes con madera, 
se pueden colocar todos los cajones que contiene 
el Polvorín, sirviéndose de la roldana para la 
operación y una escalera para bajar y subir la 
gente. » 

Me contestó: — «No seas loco, muchacho; no 
es posible poner la pólvora allí.» Salí corrido, 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 





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EL BALUARTE DE 


LA LEY 


PAYSANDÚ, ENERO 1865 


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defensa de Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901 . 


RECUERDOS DE PAYSANDÚ 53 

pero sin desistir de la idea, pensando en el 
medio mejor de llevarla á cabo. 

Esa tarde y el día siguiente menudearon las 
balas de cañón, cuyo blanco era el Torreón, y, 
como consecuencia, todos temíamos una ex- 
plosión. Entonces trasmití mi idea al Mayor 
Torcuato González y le pedí insistiera con el 
General Gómez para la instalación del Polvorín 
en el paraje donde le indicaba. En la tarde del día 
9 me hizo llamar el General y, en presencia del 
Mayor González, me preguntó cuál érala forma y 
medio de que me valdría para convertir el aljibe 
en Polvorín. - Explicado aquéllo, me compro- 
metí ¿arreglarlo, y, una vez hecho, dije que si no 
quedaba bien, no se hiciera uso de él. 

Para el efecto, en primer término había que des- 
agotar el aljibe. — Se me autorizó para disponer 
de la gente que necesitase: elegí diez ó doce 
Guardias Nacionales, y con ellos me puse á la 
tarea. Mientras unos desagotaban el aljibe, me 
ocupé con otros en preparar tablas y tira ritíllos 
sacados de nuestro corralón de maderas, yen ta- 
par con latas de cajas de dulce los caños conduc- 
tores de las aguas de la azotea, clavando encima 
de ellas las cucharas que servían para desviar 
aquéllas de ios caños que las conducían al aljibe, 
previendo las lluvias que pudieran sobrevenir. 

Con tirantillos preparé una larga escalera, y 
una vez que quedó el aljibe sin agua, bajamos á 


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54 


ORLANDO RIBliRO 




secarlo del todo con bolsas de arpillera. Una vez 
tomadas las medidas, cortamos tablas y tiranti- 
üos, con cuyos materiales revestirnos el piso y 
paredes del grande aljibe. Se colocó la escalera 
bien perpendicular, para que no estorbase la ba- 
jada y subida de ios cajones de munición. 

Toda esa noche trabajarnos sin descanso, va- 
liéndonos de faroles para alumbrarnos, y á la ma- 
ñana siguiente el Polvorín estaba listo como mi 
imaginación lo había ideado. Fui á 
ai General Gómez, quien vino, bajó al aljibe, re- 
visó é inspeccionó todo: paredes, piso, caños, 
etc., etc,, y después de subir, dijo á un ayudante: 
— «Diga al Capitán Gadeaque puede trasladar el 
Polvorín.» 



Corno nuestra casa quedaba frente al Torreón, 
no había más que cruzar la calle con los cajones; 
tarea que sólo duró algunas horas. 

En esa misma mañana habían cesado los fue- 
gos, por haberse solicitado de la plaza algunas 
horas de tregua, con el objeto de que salieran 
del radio fortificado las familias que habían que- 
dado dentro de él. 

Por el contrario, nuestros padres, que estaban 
fuera de las trincheras, vinieron á la casa paterna, 
acompañados de su hermana Dolores Francia, 
con el objeto de vernos y cerciorarse por sí mis- 
mos de que estábamos con vida. Mis cuatro 
hermanos habían concurrido á su llamado; pero 





* 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


<% RECUERDOS DE PAYSANDÚ 55 

yo, que ignoraba la tregua, y metido dentro del al- 
jibe, empeñado en concluir la tarea que me había 
impuesto, estaba completamente ajeno á lo que 
sucedía ; así es que ellos tampoco daban conmigo, 
hasta que al cabo de indagaciones, pudieron anun- 
ciarme que fuera á ver á mi pobre madre, quien 
me creía muerto por no haber concurrido á verla. 

Nuestro padre era amigo personal del General 
Flores, á quien tuvo ocasión de ver, y éste le ha- 
bía pedido nos hiciera presente que no nos sa- 
crificáramos inútilmente; que no era posible re- 
sistir á los elementos de guerra que vendrían so- 
bre la plaza. 

En nuestra entrevista nos hizo conocerla con- 
versación que había tenido con el General Flo- 
res; pero, al separarnos, nos dijo: — «Vayan, hi- 
jos, á continuar en el cumplimiento de su deber; 
es preferible morir antes que defeccionar de sus 
filas.» Y nuestro padre era brasilero. 

Las señoras que quedaron dentro del recinto 
de la defensa, después ele la tregua, fueron: doña 
Rosa Rey de González, su madre doña Isabel 
Rey, una sirvienta, doña Dolores Francia, quien 
quiso presenciar la suerte cjue corrieran sus so- 
brinos, quedándose dentro de trincheras; Josefa 
Catala de Ribero, Adelina Ribero de Aberastury, 
la ya nombrada viuda de! doctor Berengell y sus 
hijas, la señora del Capitán Laudelino Cortés, 
doña juana González de Aberastury, tres ó cua- 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


56 ORLANDO RIBERO 

tro mujeres de soldados y no sé sí alguna otra 
señora más, quienes tuvieron el valor suficiente 
para afrontar los peligros que se diseñaban ya 
en la cruenta lucha que nos esperaba é íbamos 
á afrontar. 

La salida déla plaza de las familias fue un acto 
tocante en e! momento de las despedidas. Ma- 
dres, esposas, hijos, hermanos daban su último 
abrazo, expresaban su última caricia á los seres 
que quedaban allí, condenados á una muerte casi 
segura, en cumplimiento de los deberes que se ha- 
bían impuesto por la patria, defendiendo su inte- 
gridad y tratando de castigar al extranjero, que 
había osado posar su planta de una manera aleve 
en su suelo. 

Aquel día abandonaron su puesto de honor y 
de combate algunos pocos defensores de la plaza 
que no tuvieron la suficiente fuerza de voluntad 
para seguir afrontando los peligros que el de- 
ber Íes imponía. Tampoco los que quedaban en 
sus puestos oponían el menor obstáculo para 
su salida; en el mayor número de los casos, éstos 
la facilitaban y podía irse el que quería. 

Una vez terminado el plazo acordado para la 
salida de las familias, y que debía ser indicado 
por unos toques de las campanas de la iglesia 
de la plaza, comenzó de nuevo el cañoneo di- 
rigido á nuestras posiciones, el que duró, con al- 
gunas intermitencias, hasta el 20 de aquel mes 


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A* 


RECUERDOS DE PAYSANDÚ 57 


de imperecederos recuerdos para los que sobre- 
vivieron á aquella desigual y desesperada lucha. 

/ 

VIII 

Una mañana, dos ó tres días después de la 
salida de las familias, estando en la Coman- 
dancia Militar, me llamó el General Gómez y me 
dijo:— «Me han informado que en lo de Rumbis 

hay en un altillo una cantidad de fulminantes 

* 

para fusil. ¿Te animarías á ir para traerlos ? » A tal 
interrogación, que yo interpreté como una comi- 
sión de confianza, no tuve el menor reparo en 
contestar:— «Sí, señor, en el acto».— «Bueno, me 
replicó el general; elige los hombres que quieras, 
y ve á desempeñar esta comisión.» 

Lo de Rumbis era una fuerte casa de comer- 
cio que quedaba una cuadra fuera de la línea 
de trincheras, en la calle Queguay esquina Sa- 
randí. Los sitiadores merodeaban por aquellas 
alturas. 

Elegí solamente dos compañeros, uno de 
ellos Joaquín Cabra!, joven argentino que había 
ido á Paysandú con un negocio de cigarros, y 
que tomándolo allí aquellos sucesos, se había pre- 
sentado como voluntario. 


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ORLANDO RIBERO 


El otro era un joven español, también volun- 
tario. 

Salimos por la trinchera de la calle Queguay, 
entrando en la casa de enfrente de la de don Mi- - 

guel Horta, y por los fondos fuimos á dar al edi- 
ficio de la otra esquina de la misma manzana ; 
desde allí inspeccionamos la casa de enfrente, 
que era la que buscábamos. No notando el menor 
movimiento en elia, supusímosla sola. Sin em- 
bargo, para mayor seguridad, desde nuestra posi- 
ción hicimos algunos disparos de fusil á un por- 
tón que estaba entreabierto. En seguida cruzamos 
la calle y entrarnos resueltamente haciendo dispa- 
ros al fondo de la casa, que era espacioso y con 
arboleda. No contestándonos nadie, entramos T 

en la casa, la que encontramos completamente 
barrida por el saqueo que habían efectuado los 
sitiadores. 

Subimos á un entrepiso ó altillo, que era el 
paraje en donde se me había indicado que esta- 
ban los fulminantes, y colocando al español de 
.vigía en una pequeña ventana que daba al 
fondo de la casa, nos pusimos, Cabralyyo, á re- 
gistrar allí, como en el almacén, en busca de los 
deseados fulminantes. 

El resultado de la pesquisa fué negativo. Hubo ; 

allí sin duda algunos fulminantes, porque encon- 
tramos unos pocos desparramados en un cajón, 
pero los saqueadores se los habrían llevado. 


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RLCUERDOS DE PAVSANDL' 


59 


Concluido nuestro cometido, nos retiramos 
sin ningún percance; pero al salir por la puerta 
por donde habíamos penetrado, vimos que en el 
cerco del fondo, del lado opuesto, había algunos 
enemigos que nos estaban observando, y con 
los que cambiamos algunos tiros. Luego nos re- 
tiramos, temiendo que se nos viniesen encima 
y nos dieran una buena corrida. 

Con el sentimiento del mal éxito de la comi- 
sión que había ido á desempeñar, y con el recelo 
de que el General Gómez fuera á suponerse que 
por temor no había buscado con debido em- 
peño los fulminantes, me dirigí á la Comandan- 
cia Militar á dar cuenta del resultado. En el tra- 
yecto vino á mi mente un recuerdo. Yo usaba un 
par de pistolas de bolsillo, con las que conti- 
nuamente tiraba al blanco. Habiéndosele roto la 
chimenea á una de ellas, no podía dar fuego, 
porque el fulminante no hacía explosión. Se rne 
ocurrió un día ponerle un fósforo en la chime- 
nea rota, y tirando del gatillo salió el tiro. 

Con este recuerdo, y sin decir nada á mis com- 
pañeros, saqué el pistón de mi rifle, le puse un 
fósforo, oprimí el gatillo y salió el tiro. 

Llegamos á la Comandancia Militar, y no es- 
tando en ese momento el General Gómez, di el 
parte al Mayor Torcuato González ( comandante 
de la trinchera), del mal resultado de la comisión, 
y agregué después: «También con fósforos se 


- 


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ORLANDO RIBERO 


puede hacer fuego de fusil desde las trincheras.» 

— « ¿Cómo? » — «De este modo; » y poniendo en 
práctica el mismo procedimiento que antes ha- 
bía probado, hice en su presencia y en el patio 
de la Comandancia Militar dos ó tres disparos. 

Momentos después llegó el General Gómez, y, 
habiéndole trasmitido el Mayor González el re- 
sultado negativo de mi comisión y hécholc pre- 
sente mis experimentos con fósforos, personal- 
mente salió al patio á llamarme, y después de las 
explicaciones del caso, me hizo repetir unos 
cuantos disparos con mi rifle, allí en su presen- 
cia; tomándome después el arma y observando 
que quedaba la chimenea limpia, me preguntó: a 

— «¿Y de dónde sacamos suficiente cantidad de 
fósforos ?» — « De nuestro almacén, señor. Hay 
ocho ó diez cajones que contienen sesenta latas 
cada uno.» — «Bueno: haz repartir una lata á cada 
trinchera, y reserva el resto en tu casa.» 

Desde ese día se dió orden de hacer fuego 
con fósforos, reservando cada uno de los sóida- 
dos la pequeña provisión de fulminantes que te- 
nía para los casos extremos, cuando hubiera 
necesidad de obrar con rapidez y fuera de las 
trincheras, donde no era posible hacer uso de 
aquel medio que sólo la falta de fulminantes nos 
obligaba á poner en práctica. Y se sostuvo el 
fuego de fusil sin interrupción, puramente con 
fósforos. Sabía cada uno de los defensores de la 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 


61 


plaza que su reserva de fulminantes la debía 
conservar como un tesoro, porque en ella cifraba 
la defensa de su vida. 


IX 

* 

Tanto dentro del radio atrincherado déla plaza 
como fuera de él, todas las casas de comercio 
habían quedado abandonadas. 

Los peones ó dependientes de aquellas á quie- 
nes habían encargado los dueños su custo- 
dia, abandonaron su puesto en cuanto les fue po- 
sible hacerlo, y no sin causa justificada, porque 
no se libró ningún edificio de que uno ó varios 
proyectiles de cañón lo atravesaran. 

Con este motivo, el General Gómez hizo pu- 
blicar por bando una orden general, por la que 
se penaba con ser pasado por las armas todo in- 
dividuo que perteneciendo á los defensores de la 
plaza, se encontrase infraganti delito de robo 
en las casas de comercio, cuya custodia estaba 
librada á los mismos que defendían la ciudad 
sitiada. 

Esta medida fue tomada en virtud de que, du- 
rante los primeros días del ataque, algunos sol- 
dados habían violentado algunas puertas de ca- 


*— — 

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62 ORLANDO RIBERO 

* 

sas de comercio, de las que sustrajeron varios 
objetos. 

Días después de publicado el mencionado 
bando, fué tomado infraganti un soldado arti- 
llero, correntino, de apodo «Ñorita», quien, pene- 
trando en la zapatería de don José Castells, ha- 
bía sustraído algunos pares de botas. 

Fué conducido preso, juzgado por un con- 
sejo de guerra y condenado á ser pasado por las 
armas a! día siguiente á las 4 de la tarde. 

Lo asistió en la capilla el Teniente Cura del 
pueblo, don Juan Bautista Sellando, quien, como 
bueno y piadoso que era, no había abandonado 
el puesto que su misión de sacerdote de Jesucristo 
le imponía, para asistir á los que demandasen su 
ayuda en el último trance de la vida. 

Á la hora marcada, fué conducido el reo á la 
plaza, para de allí ser pasado á la calle inmediata, 
la del Rincón de las Gallinas, en cuyo extremo 
había una trinchera, donde se había colocado el 
banquillo para la ejecución. 

Venía e! Cura Bailando á su lado, con un cru- 
cifijo en la mano, exhortándolo con sus preces. 

Llegado aquel extraño núcleo de tropa hasta 
donde se encontraba el General Gómez con sus 
ayudantes, pidió el reo que se le permitiese ha- 
blar. 

Un ayudante vino á poner en conocimiento 
del General la gracia pedida por el reo, y éste 
contestó: 




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RECUERDOS DE PAVSANDU 63 

— «Que hable, pero si se sobrepasa en incon- 
veniencias, que redoblen los tambores.» 

Obtenido el consentimiento, se permitió al reo 
subir al Torreón para de allí dirigir la palabra. 

Ascendió con paso firme y cara sonriente, y 
más ó menos dijo:— « Compañeros, sírvales de 
ejemplo el acto que en mí se ejecuta por no ha- 
ber cumplido con lo ordenado por nuestro va- 
liente General. Defiendan la patria hasta morir: 
por mi desgracia no puedo seguir haciendo 
fuego á los macacos.» Pidió en seguida hacer el 
ultimo disparo de cañón, lo que no le fué con- 
cedido. 

Mientras tanto, de la batería enemiga situada 

1 \ 

al N. O. de la plaza continuaban cañoneando á 
la Iglesia, y en aquel mismo momento un pro- 
yectil dió en una casilla de madera construida 
sobre una de sus torres, y que servía para guare- 
cer de la intemperie á los vigías, en la cual se en- 
contraba el jefe de ellos, Capitán Francisco Peña, 
á quien una astilla de madera le infirió una gran 
herida en la frente y el carrillo. 

Peña bajó aceleradamente de la torre, y co- 
rriendo hacia el General Gómez, le dijo: 

— «Señor General, por la sangre que vierte rn¡ 
cara de la herida que acabo de recibir, pido gra- 
cia para el reo.» 

— «Sí, Capitán, ya le ha sido concedida,» con- 
testó el General. 


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ORLANDO RIUERO 


El General Píriz y varios otros jefes habían 
pedido al General Gómez que el reo fuese libe- 
rado de la pena. — Concedida la gracia, se había 
convenido en que se llenarían los requisitos de la 
sentencia del Consejo de guerra conduciéndolo 
hasta el banquillo, donde le sería perdonada la 
pena capital, como así se efectuó. 


X 

El día 20, las fuerzas sitiadoras del General 
Flores se habían retirado, y sólo quedaba un 
campamento de fuerzas en observación, com- 
puesto de un Escuadrón de Caballería y el resto 
del Batallón de Marina brasilero, situado en el 
punto donde estuvo emplazada la batería del 
costado N. O., cuyos cañones, pertenecientes á la 
Escuadra, habían sido reembarcados. 

Se dispuso una salida en ese día, para atacar 
al mencionado campamento. ; 

Después de organizadas las fuerzas que de- 
bían tomar parte en el ataque, se puso á su frente 
el General Píriz. 

Salieron de la plaza, ocultándose entre los f 

cercos y quintas, y llegaron hasta las proximida- 1 

des de la posición enemiga, que no esperaba el 
ataque. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


65 


Fueron cargados y dispersados con bastantes 
pérdidas, porque no hicieron mayor resistencia. 
; Los asaltantes no tuvieron más que dos ó tres 

muertos y tres ó cuatro heridos. 

Una cañonera brasilera anclada en el río y en 
situación para que sus fuegos defendiesen el 
campamento, hizo algunos disparos con artille- 
ría gruesa, pero con tan malas punterías, que las 
balas y granadas no ofendían, pasando á gran 
elevación del punto donde se habían colocado 
las fuerzas salidas de la plaza. 

El resultado de la operación fué hacer reem- 
barcar á los infantes y abandonar el punto por 
i el Escuadrón de Caballería. Se trajeron á la plaza 

como trofeos conquistados, varios estuches con 
instrumentos de música, dos cajas de guerra y 
algunos fusiles y víveres que habían quedado en 
el campo enemigo. 

• La consecuencia de este hecho fué librar los 

alrededores del pueblo de enemigos por algu- 
nos días; las fuerzas sitiadoras se retiraron y 
sólo la Escuadra Brasilera quedó bloqueando el 
puerto. 

Sin enemigos terrestres á la vista, empezamos 
á hacer excursiones fuera de trincheras para ob- 
' servar los destrozos y saqueos cometidos por 

r los sitiadores, y un poco de curiosidad y mucho 

de atrevimiento nos impulsaron á llegar hasta el 
puerto. 



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ORLANDO RÍRF.RO 


Las excursiones se hacían sin permiso; por 
nuestra cuenta y sin orden ni dirección, íbamos 
como simples merodeadores, armados de fusil. 

Al principio mirábamos los buques desde le- 
jos, medio ocultos por los árboles y zanjas; pero 
notando que desde á bordo nos veían y no nos 
hacían fuego, fuimos acercándonos hasta llegar 
á la playa. 

Los buques brasileros estaban pintados de ne- 
gro; pero por efecto del humo de la pólvora, 
tenían la banda por donde habían disparado su 
artillería, de color gris ó blanquecino. 

Como quedaban á distancia donde los tiros de 
fusil con dificultad podían ofendernos, y alenta- 
dos por el poco caso que hacían de nosotros, 
empezamos á gritarles: 

— «¡Oh macacos! ¿por qué no mandan otra 
vez á tierra sus infantes de marina?» y algunas 
otras provocaciones por el estilo. 

Sin duda Ies daría lástima usar de su artillería 
para dirigirla contra ocho ó diez muchachos que 
andaban diseminados por la playa: lo cierto fué 
que no tomaron en cuenta nuestra presencia y 
provocaciones. 

Uno de los tantos, más atrevido, Natalio Pe- 
reira í 1 - 1 , ayudante del Detall de la Guardia Na- 
cional, nos dijo: 

(1) Natalio Pereíra murió después como valiente que era, en la 
guerra del Paraguay, en una carga de caballería, comandando un 
Escuadrón de riograitdenses, y con el grado de Teniente Coronel» 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 07 

— «Voy á bañarme, y nadando les gritaré de 
más cerca, para que oigan esos macacos. » 

En efecto, se desnudó, se echó al agua, y na- 
dando fué hasta cerca de una de las cañoneras 
brasileras, resguardándose con la cañonera espa- 
ñola anclada en el puerto, y de allí empezó á gri- 
tarles. 

Don Miguel Horta, Vicecónsul español, que 
se encontraba asilado en el mencionado buque, 
le increpó su locura y atrevimiento. Bajó en se- 
guida en un bote á tierra, para pedirnos que nos 
retirásemos, porque bien podían hacernos algún 
disparo con metralla y herir ó matar á alguno de 
nosotros estérilmente, con lo que concluyó aque- 
lla loca aventura. 


XI 

El día 22 aparecieron nuevamente las fuerzas 
del General Flores, acompañadas por una Divi- 
sión de Caballería Brasilera, mandada por el Ge- 
neral don Antonio Netto. 

Camparon á una legua del pueblo, y sólo se 
aproximaron algunas guerrillas de caballería. 

El Capitán Lamela, que era el oficial desig- 
nado siempre para estas evoluciones, salió con 
alguna gente á tirotearlos. 

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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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ORLANDO RIBERO 


r 


No hubo en ese día ningún encuentro, ni tu- 
vimos pérdidas que lamentar. 

Esperábamos que al siguiente día las fuerzas 
sitiadoras estrechasen el cerco, para intentar un 
nuevo ataque. 

Al día siguiente nos sorprendió que todo el 
ejército enemigo hubiera desaparecido de sus po- 
siciones, y entre los comentarios del aconteci- 
miento, nos persuadimos de que el ejército del 
Gobierno, al mando del General don Juan Saa, 
habría pasado al Norte del Río Negro y se aproxi- 
maría á Paysandú para libertarnos. 

Hasta abrigábamos la esperanza, en nuestro 
espíritu retemplado, de tomar al ejército del Ge- 
neral Flores entre dos fuegos y sacar la mejor 
ventaja. 

En estas dudas de anhelados deseos, pasa- 
mos hasta el día 27, en el que se recibieron co- 
municaciones de Montevideo alentando al Ge- 
neral Gómez para que se sostuviera, diciendo que 
el General Saa se aproximaba con su ejército para 
socorrernos. 

Tan grata noticia la recibimos con muestras 
del mayor contento; se tocaron dianas y se vivó 
con todo entusiasmo al ejército del General Saa, al 
cual estaba librada nuestra suerte en aquel trance 
tan apurado de la guerra que veníamos soste- 
niendo. 

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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 69 


XII 

Poco nos duró aquella grata ilusión. 

En vez de ver la aproximación de las fuerzas 
amigas que esperábamos con tanto ahinco, se 
nos apareció nuevamente el ejército de Flores, 
ya no solo, sino acompañado por otro brasilero, 
con fuerzas numerosas de las tres armas, al 
mando del Mariscal Mena Barreto. Era el día 20. 

El 30 estrecharon el sitio, tomando posiciones 
, para establecer nuevamente baterías con los ca- 

ñones de grueso calibre de la Escuadra. 

En la noche de este día se sintió desde la 
plaza un gran movimiento y ruido como de ca- 
rros, por todo el costado Norte, en ía línea ene- 
miga. 

Con el silencio de la noche se percibieron más 
tarde, desde la Comandancia Militar, ruidos pro- 
ducidos por picos y palas. 

Desde mi puesto, que era al fondo de la ex- 
presada Comandancia, oí decir al General Gó- 
mez : — « Deben de estar poniendo en batería al- 
> gunos cañones.» 

Luego ordenó al Capitán don Enrique Olivera 
que saliese fuera de trincheras con alguna gente 
y fuese á observar, desde el punto más cerca que 

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ORLA \ DO RIBERO 


le fuera posible, á qué respondía aquel movi- 
miento en la posición enemiga. 

El Capitán Olivera cumplió la orden. 

Unos zanjones que había próximos al lugar 
del ruido que se quería descubrir, y la oscuridad 
de la noche, le permitieron llegar con su gente á 
un punto inmediato, donde emplazaban varías 
piezas de artillería. 

Después de observarlos algunos momentos, 
mandó á su gente hacerles fuego y se retiró á la 
plaza. 

Sabedores nosotros de la operación, observa- 
mos atentamente, desde nuestra posición, el re- 
sultado de ella, pues que quedaba cerca y en 
descubierto la pendiente de la cuchilla en cuya 
cumbre se fortificaban. 

Vimos los fogonazos de la gente de Olivera, y 
contestar después de un momento desde la cu- 
chilla. 

Después de este reconocimiento, continuaron 
en el resto de la noche, los ruidos y movimien- 
tos que habíamos notado antes. 


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RECUERDOS DE PAVSANDU 


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XIH . 

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A todos en nuestros respectivos puestos y 
prontos para la pelea, nos encontró la aurora del 
día 31. 

Triste aurora para muchos de los nuestros, 
pues que fué saludada la plaza por una lluvia de 
fierro y plomo candentes, convertidos en toda 
clase de proyectiles conocidos hasta entonces: 
balas rasas, granadas, metrallas, cohetes á la con- 
greve y balas de fusil. 

En cuanto la claridad del nuevo día permitió 
que se vislumbrase la cuchilla donde habían es- 
tablecido sus baterías los sitiadores, oí que 
desde la plaza decían á los sirvientes de las pie- 
zas que nos habían quedado servibles en el To- 
rreón : 

— « ¡ Fuego ! » 

Y conforme sonó el estampido de aquellos ca- 
ñonazos, nos contestaron con el diluvio de fuego 
ya mencionado. 

Se oscureció nuevamente la claridad del nuevo 

i, 

> día en la posición nuestra, con el humo de las 

granadas que hacían explosión y los escombros 
del edificio de la Comandancia Militar, cuyos lien- 
zos de pared se venían abajo. 

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ORLANDO RIBERO 


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Treinta y seis piezas de cañón y varias cohete- 
ras hacían fuego simultáneo sobre el recinto 
atrincherado, fuera de la gruesa artillería que 
funcionaba desde la Escuadra. 

Las que habían emplazado sobre la Coman- 
dancia Militar, el Torreón y la Iglesia, eran en nú- 
mero considerable, y nos barrían los obstáculos 
y barreras de resguardo que teníamos. 

Cuando amainó un poco el fuego y clareó de 
nuevo la atmósfera que se había oscurecido, con- 
templamos la Comandancia Militar toda desman- 
telada, mostrando los tirantes en descubierto, 
que se venían abajo. 

El Torreón, con agujeros tremendos, como 
asimismo los muros y torres de la Iglesia. 

En igual estado quedó nuestra trinchera, con 
una gran brecha abierta en el centro, y cubierto 
de cascotes el local que ocupábamos. 

No pudiendo contestar al nutrido fuego de 
cañón que nos hacían, permanecíamos en la po- 
sición agazapados, esperando que nos trajeran al- 
gún asalto con infanterías. 

Esto no se produjo nunca en ningún punto 
de las líneas de la defensa. 

Se posesionaron los sitiadores de varios loca- 
les, calle por medio con las trincheras, pero no 
intentaron siquiera un asalto. 

No aconteció esto con la Comandancia Mili- 
tar, porque el frente de sus trincheras quedaba 


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COMANDANCIA M I LITAR - PAYSAN DÚ, ENERO 1865 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 73 

en descubierto y en descenso por accidentes del 
terreno, lo que favorecía la posición para repe- 
ler á los atacantes; pero en cambio, el mismo 
descubierto la ponía de blanco á la batería em- 
plazada á nuestro frente, la que habiendo ajus- 
tado su puntería, no nos daba un momento 
de reposo. Teníamos que estar sentados ó me- 
dio echados en el suelo, porque á una vara de 
tierra, pasaban la pared las balas y granadas por 
docenas, originándonos infinidad de bajas. 

Una de éstas, causada en un Guardia Nacio- 
nal, Robustiano Díaz, no se borra nunca de mi 
recuerdo, cuando tengo ocasión de rememorar 
aquellos sucesos. 

Díaz estaba sentado á mi lado; quería mirar á 
cada momento hacia el punto de la batería ene- 
miga, pero yo se lo prohibía, hasta que en una 
de sus paradas, á tiempo que le tomaba de la cami- 
seta, diciéndole impacientado : — « Siéntese, » cayó 
desplomado sobre mi cuerpo: se encontraba sin 
cabeza. En el momento que se asomaba á una 
tronera, pasó por aquélla una granada, la que dió 
cuenta de su existencia. 

No solamente los proyectiles nos causaban 
daño: éramos lesionados también por los frag- 
mentos de ladrillo, desprendidos de las paredes 
con el choque de las balas; quedaron inutiliza- 
dos varios compañeros con terribles contusio- 
nes, y algunos graves, de muerte. 


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ORLANDO RIBERO 


Entre los contusos leves de fragmentos de la- 
drillos, cayó Rafael Fernández García, quien bus- 
cando un reparo menos expuesto en nuestra 
trinchera, blanco de los tiros enemigos, se sentó 
en un extremo en que formaban ángulo dos pa- 
redes. 

Momentos después rodaba por el suelo en- 
vuelto en un montón de escombros: una gruesa 
bala de cañón había dado precisamente en la es- 
quina cuyo punto opuesto había elegido para 
sentarse; felizmente perforó más arriba de donde 
el proyectil pudo ofenderlo. 

Corrieron á levantarlo, creyéndolo deshecho; 
pero estaba ileso: su estrecho arrimo á la pared 
lo había salvado de la mole que le cayó encima. 

Los escombros le habían sacado limpio el cas- 
co de un sombrero duro que llevaba puesto, que- 
dándole el ala metida hasta los ojos. 

Una vez parado, se sacó aquel estorbo que lo 
cegaba, y nos dijo mirándolo, dándose recién 
cuenta de aquel percance: 

—Voy á conservar esta ala de sombrero para 
que mi mujer la guarde como recuerdo. 

El pobre no tuvo el placer de cumplir su de- 
seo: desgraciadamente, dos días después, el de 
la toma, fué ultimado á tiros en la calle 18 de Ju- 
lio, en la vereda frente á la casa de la familia de 
don Miguel Horta. 

Desde nuestra posición no sabíamos lo que 
pasaba en las demás trincheras. 


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RECUFRDOS DF. PAYSANDU 


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Como el edificio de la Comandancia Militar 
había quedado completamente destrozado, y sus 
ruinas continuaban siendo el punto fijo donde 
las baterías enemigas dirigían sus fuegos, el 
General Gómez no volvió más á aquel punto. 
Cambió de posición, estableciéndose con su Es- 
tado Mayor en la otra esquina de la plaza, en la 
misma calle Florida. 

Sus ayudantes venían de tiempo en tiempo á 
dar órdenes é informarse de las novedades que 
tuviéramos; pero desde la vereda, asomados al 
zaguán, nos gritaban, porque por aquel pasaje, 
corno quedaba en alto, no se podía transitar; de 
hacerlo, se estaba expuesto á quedar tendido en 
su pavimento. 

En la noche supimos que el General Píriz, con 
un puñado de valientes, dio un asalto á la bayo- 
neta ese día, desalojando de la Aduana á las fuer- 
zas sitiadoras que se habían posesionado de 
aquel edificio, el cual quedaba calle por medio 
con nuestra línea de defensa. 

Fué un acto de desesperado arrojo, propio de 
aquel denodado hombre de guerra. 

Toda la noche, con más ó menos intermiten- 
cias, duró el fuego de fusil, y de rato en rato oíase 
algún cañonazo dirigido sin rumbo. 

En nuestra trinchera y en todas las demás, 
nos ocupamos de tapar como podíamos, con bol- 
sas de fierra y sacos de lana, las brechas que nos 
habían hecho durante el día. 


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ORLANDO RIBERO 


Buscamos qué comer, porque no habíamos 
probado bocado desde el día anterior; — pasados 
los grandes peligros de la dura Jornada, los es- 
tómagos pedían algún alimento. 


XIV 


La luz del nuevo día clareó el firmamento. 

El fue comienzo del año 1865, y para muchos 
de los sitiados y sitiadores marcó el final de su 
existencia. 

Recomenzó el fuego terrible contra nuestras 
posiciones, á cañón y fuera del alcance de nues- 
tros fusiles. 

Viendo los sitiadores que ¡a plaza era el punto 
menos accesible para un asalto, concentraron la 
mayor parte de sus fuerzas al ataque del extremo 
Oeste de la defensa, dirigiendo sus fuegos y 
trabajos de zapa á las trincheras ubicadas en la 
esquina del Banco Mauá y Jefatura de Policía. 

Tomaron posesión de los edificios del frente 
(calle por medio), iniciándose un combate casi 
cuerpo á cuerpo, á bala de fusil, y fué en esos 
puntos donde se peleó más reciamente en todo 
ese día. 

A la tarde, el General Píriz hizo colocar uno 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 77 

de los cañoncitos que quedaba servible, en la 
bocacalle 18 de Julio y Montevideo, para hacer 
fuego sobre un edificio al Norte, del que los 
sitiadores se habían posesionado. 

Personalmente indicaba á los sirvientes de la 
pieza adonde debían dirigir la puntería, estando 
él, á pedido de los mismos, haciendo el apa- 
rato de resguardarse, en el hueco de una de las 
puertas de la casa de la señora Justa Rocha. 

Al cabo de un rato, una bala de fusil vino á 
herirlo mortalmente en el vientre. 

Fue levantado inmediatamente por sus subor- 
dinados y llevado á la casa de la señora Carmen 
Lasserre, donde falleció esa misma noche. 

En el costado Este, ese día fué también he- 
rido mortalmente el Coronel Emilio Raña por una 
bala de fusil. Esto ocurrió en el corralón donde 
estaban situadas las fuerzas de su mando, y en 
momentos en que las alentaba para que no de- 
cayesen de su estoico coraje. 

En la Comandancia Militar, diseminados en- 
tre los escombros, y sufriendo las descargas 
de artillería, esperábamos que por momentos tra- 
jeran alguna carga formal de infantería á nuestras 
trincheras. 

La guarnición de la trinchera de la otra es- 
quina sufría iguales descalabros que la nuestra, 
lo mismo que los que defendían la Iglesia, cuya 
posición mandaba el Mayor don Belísario Es- 
to mba. 


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ORLANDO RIBERO 


Este tenía un pequeño cañón, con el que, 
desde una ventana de la Sacristía, hacía algún 
disparo, el cual era contestado con una descarga 
de granadas, metralla y bala rasa. 

La ventana aludida quedaba en un alto; calle 
por medio, abajo, estaba la trinchera que llamába- 
mos de la « Artillería », entre cuyos defensores 
formaba parte el malogrado Felipe Argentó. 

Después de cada descarga de la artillería ene- 
miga, contestando el cañoncito de Estomba, oía- 
mos desde nuestra posición la voz de Argentó, 
que decía: — « Comandante Estomba, déjese de 
hacernos despedazar con su cañoncito, que no 
les hace daño alguno; en cambio nos crucifican á 
nosotros, que estamos aquí abajo. » 

El pobre Argentó predecía lo que iba á acon- 
tecer! e, pues que estando sentado con otro so- 
bre un madero, una de las tantas balas de cañón 
que cruzaban vino á llevarle ambas piernas, su- 
cumbiendo pocos momentos después. Parecía 
que el proyectil aquél fuera destinado solamente 
á su persona, pues que ninguno de los otros 
compañeros que estaban sentados junto á él, fué 
tocado; aconteciendo que el proyectil no los 
tomó de frente, sino al sesgo. 

El Teniente de Marina Lizardo Sierra vino á 
traernos la infausta noticia, la que nos causó la 
impresión consiguiente, pues hacía pocos mo- 
mentos que le habíamos oído pedir á Estomba 
que cesara de hacer fuego con su cañoncito. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


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Una de las balas de cañón echó abajo la ban- 
dera que flameaba en la media naranja de la Igle- 
sia. El valeroso Teniente En sina cruzó toda la 
bóveda de !a nave principal de la mencionada 
Iglesia, subió por la escalera de la media na- 
ranja que quedaba en descubierto, y colocó de 
nuevo la bandera. Durante todo el tiempo que 
duró esta operación, te dirigían toda clase de 
proyectiles, los que no interrumpieron en lo más 
mínimo su intento. Cuando bajó, al cruzar de 
regreso la bóveda de la nave, una bala de cañón 
horadó á ésta á sus pies; la conmoción sufrida en 
el piso que cruzaba, lo hizo tambalear, pero él si- 
guió con paso tranquilo hasta la extremidad por 
e - donde debía bajar ( Ú 

Algunos de los artilleros de la batería enemiga 
se habían concretado á echar abajo la torre de la 
derecha de la Iglesia; y como á tan corta distan- 
cia hacían fuego sin ser molestados, ajustaron 
el tiro á la torre, hasta que dieron con ella en 
tierra. 

Desde nuestra posición, sentados en el suelo, 
observábamos los blancos que hacían en el 
muro; vimos cuando se desprendió primero 

(1) Fste joven oficial fue víctima, más tarde, de nuestras conti- 
nuas luchas civiles. Murió en la revolución del ano 1870, llamada de 
Aparicio, Cruzando con una partida el rio Tacuarembó Grande, unos 
matreros ocultos en el monte les hicieron una descarga de fusilería. 
Una bala le fracturó una pierna, y ó consecuencia de la herida murió 
a los pocos días en la Jefatura de Policía de Tacuarembó. 



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ORLANDO RIBERO 


lentamente aquella mole, para precipitarse des- 
pués en el espacio. 

Una gritería del enemigo saludó el hecho, el 
que no causó ningún daño, porque no había na- 
die en ella. 

Hacía dos días que no comíamos, y debido á 
la inacción en que nos encontrábamos, empezó 
á apurar nuestros escuálidos estómagos el deseo 
de algún alimento. 

Nuestro Jefe, el Mayor Torcuato González, te- 
nía de asistente un negro, que era el cocinero 
de su establecimiento de campo. 

Le ordenó que matara unos patos que había 
en la Comandancia y los sancochase, para satis- 
facer con su carne el hambre que nos apremiaba. 

Se mataron los patos; pero después de la con- 
sumación del sacrificio de aquellos palmípedos, 
una bala de cañón sacrificó á la vez al cocinero, 
quien, después de poner agua á calentar para 
desplumarlos, se había tendido tranquilamente 
en tierra, y en aquella posición, dormido, vino el 
proyectil á sumirlo en el sueño eterno. 

Quedaron los patos muertos, sin que nadie se 
acordase de continuar la faena de cocina empe- 
zada por el pobre negro. 

Al cabo pasó el terrible día, dejando huellas 
sangrientas por todos lados. 

En mi trinchera, pagaron tributo á la Patria con 
su vida, cuatro ó cinco, entre oficiales y soldados 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 81 

En cuanto llegó la noche, se presentó un ayu- 
dante del General Gómez á citar, de parte de 
aquél, al Mayor González, para que concurriera 
á un Consejo de jefes, que tendría lugar esa no- 
che en la Jefatura de Policía. 

No sé cuál sería la forma que revistió la discu- 
sión en aquel Consejo de jefes, que tuvo lugar 
momentos después. Pero el asunto principal fué 
tratar con el enemigo sobre la rendición de la 
plaza, en virtud de no ser posible continuar re- 
sistiéndonos, no solamente por falta de municio- 
nes y hombres, - porque de los defensores de la 
plaza, habían quedado casi la mitad de ellos fuera 
de combate entre muertos y heridos, sino tam- 
bién porque los que quedaban, estaban poco me- 
nos que exhaustos de fuerzas, debido al cansan- 
cio originado por los días con sus noches de 
continua lucha, sin alimentarse ni dormir. 

Cuando volvió el Mayor González al lugar de 
su mando, me impuso solamente de que por 
deliberación del Consejo, se había resuelto man- 
dar aquella misma noche una nota al General 
Flores, pidiendo una tregua para recoger heridos 
y enterrar nuestros muertos, — habiéndose desig- 
nado para ser conductor de ella al Coronel don 
Atanasildo Saldaña, jefe adicto á las fuerzas si- 
tiadoras, que había sido tomado prisionero, con 
anterioridad al sitio, en un encuentro habido en 
la campaña del Departamento;— que el General 

6 . 


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82 ORLANDO RIBERO 


Gómez se oponía á una rendición incondicional; 
expresándose el Mayor González, más ó menos 
en estos términos :— * El viejo está encaprichado 
en continuar la pelea, y ya no podemos resistir, 
porque no nos queda gente para defender las 
trincheras. » 

Nos dijo también que el General Gómez había 
ido á ver al General Píriz, quien moriría quizá 
aquella misma noche, de resultas de su herida; 
pero que le había recomendado concretara todos 
sus esfuerzos á la defensa del costado Oeste 
(calle 18 de julio y Jefatura de Policía), que era 
el punto donde el enemigo había concentrado 
el mayor número de sus fuerzas para el ataque. 

El comisionado salió esa noche fuera de trin- 
cheras por la Jefatura, con la nota aludida. 

Volvió horas después con la contestación, en 
la que no accediendo los sitiadores á lo solici- 
tado, se intimaba la rendición de la plaza sin con- 
diciones, ofreciendo respetar la vida de los heri- 
dos y de los jefes y oficiales que se encontra- 
ban dentro del recinto de la defensa. 

En esa madrugada, en momentos que contes- 
taba esta nota en el cuartel de la Guardia Nacio- 
nal, fué tomado prisionero el General Gómez, 
conjuntamente con los jefes y oficiales que lo ro- 
deaban, por un jefe brasilero que había pene- 
trado hasta allí con algunas fuerzas, sin que se 
le opusiera ninguna clase de resistencia. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


S3 


XV 

i 


La noche del l.° al 2 de Enero la pasamos en 
nuestra posición como las anteriores, en vela, 
tendidos en tierra, con el oído alerta, esperando 
que el enemigo avanzara para asaltar el muro 
donde nos resguardábamos. 

Al amanecer empezó el fuego de cañón desde 
la batería que teníamos á nuestro frente, pero 
las fuerzas de infantería permanecían distancia- 
das, fuera del alcance de nuestros fusiles. 

Nuestro comandante, Mayor González, había 
ido á informarse del resultado de las negociacio- 
nes entabladas con el enemigo, y desde el punto 
donde se encontraba el General Gómez, mandó 
un ayudante con la orden de que pusiéramos 
bandera de parlamento en nuestra trinchera. 

Los cañones enemigos suspendieron en el 
acto sus fuegos, y la infantería brasilera, que eran 
las fuerzas que teníamos al frente, empezaron á 
moverse, acercándose á nuestras posiciones. 

En virtud de este avance, mandamos pedir ór- 
denes sobre la actitud que debíamos tomar. 

Se nos contestó que saliéramos de nuestras 
respectivas trincheras á la plaza, pusiésemos las 
armas en pabellón frente á cada una de ellas y 
formados esperásemos órdenes. 


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ORLANDO RIBERO 


Habiendo quedado nuestras defensas des- 
guarnecidas, las fuerzas brasileras traspusieron 
los muros despedazados por el nutrido fuego de 
cañón que nos habían estado haciendo; y en 
el mayor orden, sin decirnos una palabra, nos 
rodearon, haciéndonos sus prisioneros. Los sol- 
dados comentaban, con palabras elogiosas, el 
escasísimo número de defensores (éramos allí, 
quince entre oficiales y tropa) que habían soste- 
nido el ataque durante tanto tiempo, desde aque-' 
líos escombros. 

Momentos antes de este hecho, las fuerzas 
que quedaban pertenecientes á la defensa, habían 
recibido orden de concentrarse en la plaza. 

Venían éstas por pelotones, desarmados, á 
agruparse en el centro de ella; cabizbajos, pero 
serenos, con la conciencia de que habían cum- 
plido para' con la Patria su más estricto deber; 
— actitud que respetaban los vencedores, prin- 
cipalmente los que pertenecían al Ejército Bra- 
silero, que fueron los primeros que penetra- 
ron á la plaza, rodeando en seguida los diver- 
sos grupos que se encontraban allí, haciéndo- 
los sus prisioneros. 

En ese mismo instante fué arriada la bandera 
oriental que flameaba en la cúpula de la media 
naranja de la Iglesia, y enarbolado en sustitución 
de ella, el pabellón auriverde brasilero. 

El acto éste me conmovió de una manera in- 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 85 

tensa, viendo que nuestros mismos conciudada- 
nos, por divergencias políticas ó de mando, eran 
los cooperadores en la humillación de nuestro 
emblema patrio, al que habíamos defendido con 
tanto tesón, haciendo caso omiso de nuestras 
vidas, ofreciéndolas en su holocausto. 

Estando así rodeados, se presentó ante nos- 
otros el Almirante de la Escuadra Argentina don 
José Murature, con un pequeño Iatiguito en la 
mano, acompañado de su Secretario, don José 
M. de las Carreras. 

Empezó por exhortarnos á que no tuviésemos 
dudas de que nuestras vidas serían respetadas. 
— « Ustedes son dignos de todo respeto, nos dijo; 
se han conducido con un valor extraordinario, y, 
en mi carácter de Almirante de la Escuadra Ar- 
gentina, garanto de sus vidas y personas. » 

En ese momento llegó á la plaza el Coronel 
Gregorio Suárez, seguido de un numeroso grupo 
de oficiales y soldados. 

Iba á caballo, llevando la bandera oriental de 
la Compañía Urbana del Departamento, que 
la habría tomado de la jefatura de Policía, donde 
se encontraba. 

Cuando se aproximó á nosotros, nos gritó, 
enfurecido, las siguientes palabras, que nunca 
se han borrado de mí mente: — « ¡Cobardes, in- 
fames; mire que gritarles macacos á una nación 
honrada ! ... Si no fuera por el Almirante Murature, 
los mandaba fusilar á todos aquí mismo.» 


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ORLANDO RIBERO 


% 


El Almirante le replicó con vehemencia : — « ¡ Se- 
ñor Coronel ! ¡ señor Coronel ! está usted ante pri- 
sioneros rendidos y desarmados que las leyes de 
la guerra respetan, y son, además, dignos de to- 
da consideración por el arrojo y valor de que 
han dado pruebas. » 

Acto continuo, el Coronel Suárez se dirigió al 
Capitán Enrique Olivera, que se encontraba á 
corta distancia, y á quien un amigo suyo, que mi- 
litaba en las filas contrarias, le había puesto su 
sombrero, el que llevaba la divisa colorada: 

— «¡Y tú, bandido, asesino, con la divisa del 
Ejército Libertador! é inclinándose sobre la ca- 
balgadura como para darle un golpe de lanza con 
la moharra del asta de la bandera que llevaba en 
la mano, se contentó con darle un golpe en la 
cabeza, ordenándole con denuestos, que se qui- 
tase la divisa. 

El Almirante Murature, con palabras comedidas, 
pero fuertes, volvió á increparle su violencia, di- 
ciéndole que el General Flores había puesto ba- 
jo su salvaguardia los prisioneros rendidos. En 
seguida se dirigió á un oficial muy mal entra- 
zado, que se acercaba á nosotros sable en mano, 
diciéndole:— « Señor oficial, señor oficial, envaine 
usted su espada, la que no debe deshonrarse 
contra valientes desarmados . » 

Entonces el Coronel Suárez cambió su acti- 
tud de tigre enfurecido, y dirigiéndose al Almi- 
rante, le dijo : 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


RECUERDOS DE PAVSANDÚ 87 

— «Es una cobardía haberse rendido con mu- 
chachos tan valientes ; » y desapareció de nues- 
tra presencia seguido de parte de los que lo 
acompañaban, quedando nosotros rogando para 
que no volviera más al punto donde nos encon- 
trábamos. 

En medio de aquel tumulto de soldados de 
los ejércitos brasilero y revolucionario, apare- 
ció la señora Rosa Rey de González con una 
toalla enarbolada en un palo de escoba, seguida 
por su madre, doña Isabel Rey, y una sirvienta. 

Exhortaba á los vencedores á la clemencia 
para con los vencidos; se mezclaba en todos 
los grupos, hasta que dio con su esposo, que se 
encontraba en uno de aquéllos. 

La señora Isabel Rey no se contentó con 
acompañar á su hija en aquel acto de verdadera 
abnegación: fué en seguida á recorrer los demás 
pelotones de prisioneros, para ver si encontraba 
á sus hijos y demás conocidos que quedaban con 
vida. 

Encontróme en uno de ellos, se acercó, y dán- 
dome un manotón, me quitó el sombrero de la 
cabeza, diciéndome: — « ¡ Pero, muchacho, no te 
has quitado la divisa ! » Efectivamente, la llevaba 
aún puesta. 

Algunos músicos de nuestra banda se agru- 
paron en la verja que circundaba la mutilada pi- 
rámide de la Libertad que existía en el centro de 
la plaza, y comenzaron á tocar dianas. 


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88 ORLANDO RIBERO 

Me impresionó aquel acto, sugerido por el te- 
mor ante el peligro que corrían sus vidas, ó por 
festejar el éxito, aun cuando los ejecutantes eran 
los vencidos. 

Mientras tanto, sacaban de un grupo de prisio- 
neros, allí inmediato, á un Teniente Arcas, del 
Batallón « Defensores »,- -joven, alto, algo grueso, 
blanco y rubio, — para ultimarlo en un corralón 
que daba frente á la plaza, al lado de la casa en 
construcción de Argentó. 

El Teniente Arcas, al pasar á cierta distancia 
nuestra, nos dirigió una mirada de desolación, 

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como dieiéndonos: — «A Dios! que El los salve á 
ustedes ; yo voy al sacrificio. » 

Momentos después se oyeron las descargas 
que concluyeron con la vida de este oficial y al- 
gunos otros mártires del deber, que nosotros 
no vimos conducir á aquel paraje, elegido para 
sacrificios. 

Hubo también actos de cariño personal, recor- 
dando entre varios á Eduardo Oiave, que sacó 
del brazo de un grupo de prisioneros á su amigo 
el Capitán Adolfo Areta, y no lo abandonó hasta 
dejarlo en salvo. 

Éstas son las lecciones que se cosechan en el 
mundo, de lo que pasa en todo lo que es hu- 
mano, y que quedan impresas en la mente de 
los que han pasado por tales trances. 

Dios permita que no vuelvan jamás á repetirse 
en mi patria hechos de igual naturaleza. 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 89 

¡ Que la civilización inculque otras ideas á mis 
conciudadanos, borrando de su impetuoso espí- 
ritu enconos de exterminio partidario, humani- 
zando las luchas civiles ! 


XVI 

i 

Algunas horas después, nos sacaron á todos 
de la plaza por el extremo Este de la calle 18 de 
Julio. 

Salimos del recinto atrincherado por el corra- 

i 

Ion que habían guarnecido las fuerzas al mando 
del Coronel Raña; se nos condujo fuera de la 
población, haciendo alto en los alrededores del 
edificio llamado entonces « azotea de don Ser- 
vando Gómez », en el cual dejaron un grupo 
de los prisioneros; los demás, quedamos en tí 
campo con guardias, separados por pelotones. 

Se hicieron fogones, trajeron carne, — la que 
empezamos á devorar apenas caliente. 

Al cabo de un rato de estar en el grupo donde 
me encontraba, se presentó un ayudante del Ge- 
neral Flores, acompañado de un oficial y algu- 
nos soldados de Caballería brasilera. 

Preguntó el primero en voz altar — «¿No se en- 
cuentra aquí prisionero Orlando Ribero ? » — « Sí, 



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90 


ORLANDO RIBERO 


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aquí estoy,» contesté; sin ocurrírseme sospechar 
el objeto de aquella pregunta. 

El ayudante hablaba en aquel momento con 
el oficial de la gente que nos custodiaba, y al 
acercarme, se dirigió á mí, diciéndome:— « Vaya 
con el señor, » indicándome el oficial brasilero. 

Éste había hecho desmontar á uno de los sol- 
dados, y significándome que subiera en aquel 
caballo, agregó: — « Lo he andado buscando por 
todos los grupos de prisioneros. » — « Y, ¿dónde 
me lleva? » — « Al campamento del Coronel Vic- 
torino Monteiro, su pariente.» 

Recién me di cuenta de que el objeto de la 
busca era para libertarme; pues que, después 
de tantas zozobras y peligros, queda uno insen- 
sible, sin que los hechos subsiguientes le lla- 
men mayormente la atención. 

Yo no sabía nada de mis demás hermanos : 
sólo á Máximo había visto en la plaza, en el pri- 
mer momento de caer prisionero. Este me dijo: 
— « Es mejor que cada uno vaya por distinto lado ; 
yo voy á incorporarme á un grupo de oficiales ; 
quédate tú aquí. Es mejor correr nuestra suerte 
separadamente. » 

Llegado que hube al campamento del Coronel 
Monteiro, me encontré allí con Máximo, Atana- 
sio y Rafael, con quienes se había procedido de 
la misma manera que conmigo, buscándolos 
para llevarlos á aquel refugio seguro. 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 91 

Allí supe la suerte que había cabido á nuestro 
hermano Pedro, muerto en la madrugada de ese 
mismo día, momentos antes de entregarnos. 

Ocurrió, según narración de Rafael, que era su 
ayudante y testigo presencial del hecho, de la 
manera siguiente: 

Esa madrugada fué herido mortalmente el jefe 
de la línea Oeste, Coronel Tristán Azambuya, en 
la casa frente al Banco Mauá. 

Cuando el General Gómez tuvo conocimiento 
de! suceso, ordenó al Teniente Coronel Pedro Ri- 
bero se hiciese cargo de esa línea, extendiendo 
su acción de mando, puesto que estaba á su 
cargo la que correspondía á la Jefatura de Poli- 
cía. 

Conforme recibió la orden, pasó, por un bo- 
quete hecho en una de ¡as paredes de la Jefatura, 
á un corralón que existía al lado, y dé allí á la 
casa llamada « Ancla Dorada», para pasar por 
sus fondos á la casa que hace esquina á la ca- 
lle 18 de Julio, donde había sido muerto el Coro- 
nel Azambuya. 

Cuando recorría este último trayecto, le hicie- 
ron una descarga desde la azotea de enfrente, de 
la que se habían posesionado fuerzas brasileras. 
Cayó muerto instantáneamente, herido por una 
bala que le entró en el estómago, yendo á incrus- 
tarse en la espina dorsal. 

Rafael, que iba precediéndolo á corta distan- 


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ORLANDO RIBERO 


cía, no tuvo más tiempo que el necesario para 
levantarlo, ayudado por otros compañeros, y de- 
positarlo en una pieza de la casa «Ancla Dora- 
da», retirándose á la Jefatura, donde estaba Ata- 
nasio, á quien le participó el infausto aconteci- 
miento, en momentos que se recibía allí la or- 
den de poner bandera de parlamento; cesando 
por este hecho el fuego mortífero que de parte á 
parte se sostenía. 

Momentos después, habiéndose entablado 
conversaciones entre sitiados y sitiadores, reco- 
nociéndose algunos amigos que militaban en 
distintas filas, Atanasio se dirigió á la Coman- 
dancia Militar, para poner en conocimiento del 

C. 

General Gómez lo que pasaba. 

Llegado que hubo á la casa de Iglesias, cuar- 
tel de la Guardia Nacional, donde se encontraba 
el General Gómez, refirióle en pocas palabras lo 
ocurrido. Tenía éste una nota en la mano, y le 
dijo por toda contestación: — « Siéntese para con- 
testar esta nota. » 

Atanasio empezó á escribir con mano alterada 
lo que él le dictaba, en momentos que entraba á 
la pieza Ernesto de las Carreras. 

El General Gómez pidió entonces á Carreras 
que escribiese la contestación á la nota aludida. 

Había empezado á hacerlo, cuando se presentó 
un Comandante de las fuerzas brasileras rodeado 
de algunos oficiales, quien intimó al General Gó- 
mez que se entregase prisionero. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


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Éste objetó que estaba contestando la nota 
del General Flores y Almirante Tamandaré, por la 
cual pedía condiciones para la entrega de la 
plaza. 

El Comandante le contestó: 

« — General Gómez, ya no hay tiempo para eso; 
« yo le intimo se entregue prisionero, dándole 
« garantías para su vida y la de todos ios jefes y 
« oficiales que lo acompañan. » 

El General Gómez dijo entonces: 

« — Bien, señor oficial, me entrego prisionero, y 
« sólo pido garantías para los valientes que me 
« han acompañado en la defensa de la integridad 
« de la patria. Para mí no pido nada: quedo su- 
« jeto á las leyes de la guerra. » 

Salió de allí el General Gómez con un grupo 
de jefes y oficiales, todos prisioneros, custodia- 
dos por fuerzas brasileras al mando del mencio- 
nado Comandante, que tuvo la prelación en este 
hecho. Tomaron la calle 18 de Julio, con direc- 
ción al puerto. 

Iban en marcha, cuando se presentó el Coman- 
dante Belén pidiendo la entrega de ios prisio- 
neros, invocando órdenes del General Flores y 
Coronel Gregorio Suárez. 

El jefe brasilero se resistió al pedido, alegando 
que eran sus prisioneros de guerra. 

Estando en estas alegaciones sobre mejor dere- 
cho, uno y otro jefes se dirigieron al General Gó- 


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ORLANDO RIBERO 



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mez, preguntándole que de quiénes prefería ser 
prisionero: si de los brasileros ó de los orienta- 
les. 

El General Gómez, impulsado sin duda por 
uno de sus tantos rasgos de patriotismo, con- 
testó, más ó menos : 

« — Prefiero ser prisionero de mis conciudada- 
nos, antes que de extranjeros . » 

A raíz de esta declaración, las huestes que 
acompañaban al Comandante Belén se hicieron 
cargo de aquel grupo de valientes, que iban á 
ser sacrificados horas después. 

Continuaron la marcha, doblando por la calle 
Comercio, para detenerse en la trinchera que exis- 
tía en la esquina de la calle 8 de Octubre, junto 
á la casa de Sacarello, 

Allí demoraron un largo rato, esperando órde- 
nes, según decía Belén. 

En este intervalo de tiempo, se disgregaron 
algunos de los prisioneros, sacados de aquel 
grupo por amigos que militaban en las fuerzas 
contrarias, entre ellos el Mayor Belisario Es- 
tomba, quien, debido á esto, salvó su vida, como 
igualmente los demás que tuvieron la suerte de 
encontrar quienes los sacasen de aquel grupo 
destinado á ser sacrificado. 

Al cabo apareció un ayudante ó jefe, quien 
trasmitió órdenes en voz baja, siguiendo después 
la marcha calle 8 de Octubre abajo, hasta nuestra 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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RECUERDOS DE PAYSANDÚ 


casa paterna, situada en la misma, esquina á 
Treinta y Tres. 

Esta casa tenía dos cuerpos: unolo formaban 
un almacén y dos piezas, con frente á la calle 
Treinta y Tres, y á su fondo, en la misma, un pa- 
tio con cochera y caballeriza. 

El segundo cuerpo era la casa de familia, con 
frente á la calle 8 de Octubre; su zaguán daba 
entrada á un patio en cuya extremidad se encon- 
traba el comedor, con un corredor sostenido 
por columnas, teniendo éste comunicación por 
sus extremos, por un costado al patio de la co- 
chera y por el otro á un huerto ó jardín. 

Llegados los prisioneros, que habían quedado 
reducidos á cinco, á esta casa, los instalaron en 
la caballeriza. 

Momentos después, vino otro jefe, Coman- 
dante García, sobrino del Coronel Suárez,y pidió 
al Genera] Gómez que lo acompañase. 

Fué conducido ai comedor, donde se hallaba 
reunido un titulado consejo de guerra (1) . 

De allí fué sacado momentos después y lle- 
vado al huerto, donde fué fusilado contra la pa- 
red de la casa que daba frente al Oeste, al cos- 
tado izquierdo de la salida. 

Se dijo, luego, que el General Gómez, en 

(1) Después, por referencias del Coronel don Eustaquio Ramos, 
supe que don ísaae de Tezanos se encontraba entre ese grupo de 
ajusticiadores. 


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ORI. ANDO RIBIIRO 


aquel solemne momento, había depositado en 
manos del Comandante Belén su reloj, para que 
lo hiciese entregar á sus hijos; pero e! Coman- 
dante Belén afirmaba después, que el General 
Gómez se lo había donado, á su solicitud, en se- 
ñal de recuerdo. 

Los otros cuatro compañeros que habían que- 
dado en la caballeriza, supieron la suerte que les 
esperaba, cuando oyeron las descargas. 

Seguidamente vino el mismo jefe, en busca 
de otro. 

Se dirigió al Comandante Eduviges Acuña, que 
era á quien tenía más cerca. Entonces se ade- 
lantó el Comandante Braga, diciendo: 

— «Á mí me toca primero, porque tengo mayor 
jerarquía militar;» y con paso firme, siguió el 
mismo camino por el que habían conducido á 
su antecesor, sintiéndose luego otra descarga. 

En el mismo orden vinieron después en busca 
del mencionado Comandante Acuña y Capitán 
Federico Fernández. 

Este último llevaba puesto un poncho de ve- 
rano; se lo quitó, como también la blusa, y alar- 
gando estas prendas álos soldados que los cus- 
todiaban, les dijo: — «Tomen esto, que á mí ya no 
me servirá, y así se evita de que queden estas ro- 
pas agujereadas y manchadas con sangre. » 

El último que quedó de los cinco fué nuestro 
hermano Atanasio, testigo presencial de la heca- 
tombe. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 97 

Cuando le tocó el turno, se puso en marcha 
como los demás, pero su conductor, en vez de 
llevarlo por el corredor que daba acceso al co- 
medor, lo hizo entrar á las piezas contiguas ai 
almacén de la esquina, y allí le dijo: 

-- « Estaba pensando en si salvaría á usted ó á 
ese otro mozo que acaban de fusilar; me decidí 
por usted al verlo tan joven.» Sacólo á la calle 
por una de las puertas de la esquina, en momen- 
tos que pasaba un grupo de prisioneros con dire- 
cción al puerto, conducidos por fuerzas brasileras. 

Lo entregó á éstas, pero exigió después que 
le diesen en cambio otro de los prisioneros que 
llevaban, pues que debía dar cuenta del número 
de los que le habían entregado. 

El oficial brasilero no quiso accederá tan in- 
usitado pedido, previendo el bárbaro fin que ten- 
dría e! infeliz sustituto, si llegaba á entregarlo. 
Siguió incontinenti con sus prisioneros hasta e! 
puerto. 

Allí, después de tan desesperada odisea, fue 
donde lo encontró el ayudante dei Coronel Victo- 
rino Monteiro, encargado de conducirlo á su 
campamento, si lo hallaba con vida. 

Los cuatro cadáveres de los jefes fusilados, 
fueron sacados del huerto y puestos en fila en 
el patio de la casa. 

Nuestro padre entró á ella horas después y se 
encontró con aquel espectáculo. 

7, 


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98 ORLANDO RTRFRO 

Al cadáver del General Gómez le habían cer- 

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cenado la larga pera que usaba. 

Volvió después, con el propósito de darles se- 
pultura en la misma casa, como lo había hecho 
con su hijo Pedro, en e! corralón al costado 
de la Jefatura; pero ya no los encontró: los ha- 
bían conducido al cementerio, arrojándolos al 
osario general, confundidos con infinidad de 
otros hacinados allí. 


XX 

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El Coronel Monteiro nos hizo manifestaciones 
de cordial aprecio, lamentando la muerte en úl- , 

timo instante de nuestro hermano Pedro, que 
era el único de todos nosotros que conocía. 

Como primera providencia, nos hizo preparar 
un buen asado, el que devoramos acompañado 
con fariña seca. Estando nuestro espíritu más 
tranquilo, un apetito desordenado sintieron nues- 
tros vacíos estómagos, y una vez satisfecha aque- 
lla necesidad, nos entregamos á un sueño repa- 
rador de nuestras fuerzas. 

1 Para el efecto, el Coronel Monteiro había lie- 

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cho tender bajo unos árboles varias caronas y 
otras piezas de recados, y allí nos tiramos los cua- 
tro, quedando casi instantáneamente dormidos. ¡, 


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Paysandu en 1865. Montevideo : A. Barreiro y Ramos, 1901. 


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RECUERDOS DE PAYSANDU 


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Muy avanzada ya la noche, se despertó Má- 
ximo. Llamóle la atención ver que un número 
considerable de centinelas armados rodeaba 
nuestro campo de descanso. 

Entonces el Coronel, que había hecho tender 
su cama de campana á nuestro lado y que es- 
taba despierto, le dijo: — «No se alarme; he 
procedido á tomar esta medida de seguridad, 
porque se ha allegado al cuerpo de guardia una 
partida de gente perteneciente al ejército del Ge- 
nera! Plores, preguntando si en el campo de mi 
mando había algunos prisioneros. Como no sé 
el objeto que los ha traído con esa misión á 
altas horas de la noche, he hecho reforzar las 
guardias, y, por aditamento, he ordenado que cui- 
den nuestro sueño un buen número de tiradores.» 

Permanecimos tres días en el mencionado 
campamento, por indicación amistosa del Coro- 
nel Monteiro, quien creyó que no era prudente 
acercarnos al puerto para embarcarnos mientras 
no se pusiera coto á los desmanes de la solda- 
desca, entregada á toda clase de desórdenes y 
pillaje. 

Una vez desaparecidos aquellos inconvenien- 
tes, fuimos acompañados por aquel caballeresco 
jefe, varios oficiales y una escolta, hasta el puerto, 
embarcándonos en una lancha que nos llevó 
abordo del buque de guerra argentino «Guardia 
Nacional ». 


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100 


ORLANDO RIBERO 


Allí encontramos á varias personas conocidas, 
entre ellas á don Benito Chain, don Anacleto Ti- 
nga! y otros, los que nos abrazaban y felicitaban 
por haber salido con vida é ilesos de tan tre- 
mendos y desiguales combates. 

Estaba allí también don Eleuterio Mujica, au- 
tor del cercenamiento de la pera de don Leandro. 

Supe que este señor había cometido el hecho 
poco culto de usar aquel despojo del héroe en 
forma de pincel, pasándolo por la cara de varias 
personas que se encontraban á bordo del « Guar- 
dia Nacional ». 

Cuando lo supo el Almirante Murature, le in- 
crepó aquel acto de poco respeto á reliquias que 
debían ser sagradas para todos aquellos que ha- 
bían presenciado la entereza del héroe sacrificado. 

Mujica se disculpó aduciendo que había sa- 
cado aquello de^ cadáver para enviarlo á la fami- 
lia del muerto. 

Nunca oí decir que tal cosa hubiese sucedido. 


FIN 




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íJ Cuartel il.O Iíl Guardia NiVniflual. 
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Mi Banco Maná, 
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li 1 Aduana. 


l'¿ AiK Lii iJOí'ivla. 

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L T» M- n-julo. 

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17 Linea íJi’l i'ororio! Rmilin Raíll. 

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